Una tarde irresistible

Una tarde como la de hoy no queda habitualmente y, después del frío invierno, se me antoja un desperdicio quedarse en casa. El cambio de hora también hace lo suyo porque, aunque saliera una tarde así días atrás, el hecho de que anocheciera tan pronto quitaba las ganas. Así que cojo la bici vestido de corto y sigo ría abajo para adentrarme en Cantabria en busca de un puertillo que aún no conozco.




Llego a Potugalete por la carretera de Lutxana, que está en obras por todas partes y es un auténtico asco. Un termómetro marca 20ºC y solo el aire de cara que tengo al pasar Santurtzi a la altura del Serantes me incomoda un poco la marcha.



A Zierbana llego alucinando de la cantidad de coches de la Ertzaintza que hay por aquí. Se nota que ha salido buena tarde y la brisa del mar sienta de maravilla.



La subidita a la cuesta de La Aldapa supone un primer contacto con las rampas. Apenas llegará a un par de kilómetros, pero me da tiempo a ver cómo se retuerce un betetero que me precede.




En tan poquito puerto me topo con media docena de camiones que se dirigen al puerto; al otro, al de mar. Menos mal que todos ellos bajan mientras yo voy en sentido contrario.




Desde el alto, desde el barrio de San Mamés de Muskiz, toca descenso a la playa de La Arena. El aparcamiento está petado y, aunque la playa esté casi vacía, son muchas las personas paseando por allí.



El paso a la otra orilla del río Barbadun ofrece unas vistas inmejorables de la playa y de la ría, siempre y cuando no se mire hacia el interior con el mamotreto de Petronor echando mierda por las chimeneas.





La subida a Pobeña es cortita pero muy agradable. Ya en sus calles, tras una pequeña bajada, se aprecia la recta de inicio de subida para Cobarón.




No llega a la categoría de puerto esta ascensión, carente de distancia y de dureza. A otra bajada le sigue la rampa final que pasa bajo la autopista para terminar coronando en el alto de Rigada, ya en la N-634 con dirección a Santander.





Ya en territorio cántabro, una larga recta en descenso me deja en Ontón. En la curva de entrada al pueblo se inicia la subida a La Helguera, un pequeño puerto al que me ha costado mucho ponerle nombre y que me ha traído hoy por aquí porque no lo conocía. Ya hay que hilar muy fino para encontrar una carretera nueva en 100km a la redonda.




El inicio es muy agradable y muy tranquilo por las calles de la aldeíta de Baltezana. Me adelanta el autobús escolar para dejar a los cuatro niños que vienen del cole.




Está claro que la primavera ha llegado para quedarse entre nosotros. En unos pocos días, todo estará chulo de verdad.





Aunque solo sean 4km de subida, y los dos primeros muy suaves, pronto se tiene una buena perspectiva de lo que se va ascendiendo.



De hecho, en los dos últimos kilómetros son constantes las rampas que se manejan cercanas o incluso por encima del 10%.



La vertiente de bajada me ofrece un paisaje típico de Cantabria, con sus cabañitas escondidas por las laderas de los montes. Pero, al llegar a una curva de herradura, me topo con el momento que más miedo me ha hecho pasar sobre una bicicleta. Están entrenando para un rallye del fin de semana.



Con las piernas temblando me levanto después de tener que tirarme a la cuneta por encontrarme con un loco trompeando en la curva a lo Sebastian Löeb. Hay mogollón de gente apostada en las dos curvas siguientes haciéndome indicaciones para que me aparte porque vienen más cazurros haciendo el gilipollas. ¡La madre que los parió! ¡Putos anormales! Como solo me quedan 300 metros para llegar al cruce de Las Muñecas, sigo andando y me encuentro a uno que ha desllantado su flamante Seat León amarillo.



Una vez en las rampas del puerto de Las Muñecas, con el tembleque aún metido en el cuerpo, solo puedo pensar en que a ver si hay suerte y pasa la Guardia Civil para ponerles sobre aviso de que unos payasos han convertido una carretera pública en un circuito privado. Y con 20 años todavía se puede comprender, pero que haya tipos que peinan canas o que ya ni siquiera las mantienen que sean igual de chorras. Si se quieren matar, que se maten, pero que no se lleven a nadie por delante por su extrema estupidez.




No llega a 5km la distancia de este puerto y tampoco es nada duro, pero en más de una ocasión me las ha hecho pasar bien putas. No es hoy una de esas veces y llego a la cima sin más historia.




En el inicio del descenso, me detengo para contemplar tranquilamente el bello perfil de los montes vizcaínos que se observa desde aquí.



De nuevo en Muskiz, concretamente en el barrio de Santelices, inicio la subida a Peñas Negras que me recibe con los tres kilómetros más duros de la jornada, con medias cercanas al 10% pero con rampas continuadas muy por encima.





Una vez dejado a la derecha el desvío de Las Cortes, la cosa va suavizando al tiempo que las vistas sobre Ortuella y Gallarta se van ampliando.




Y a partir del refugio, se convierte en un hermoso paseo hasta llegar a La Arboleda.






Las vistas del Abra y del Gran Bilbao sobre el campo de golf son espectaculares.



Antes de iniciar el descenso de La Arboleda desde Larreineta, toca echar un vistacillo al vecino Argalario.



Y una última parada en el mirador para disfrutar por última vez de las vistas de la gran ciudad.



A través de la recta de Ugarte y del paso por Zorroza, llego a casa. Las piernas están listas para un stage pirenaico al que tengo muchísimas ganas.

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