Migrañas, vómitos y sudores

He dormido muy bien, del tirón, pero me despierto con una migraña de caballo y no tengo ni un triste ibuprofeno que llevarme al cuerpo. Cuando me despierto así ¡malo! Me tomo un colacao y unas palmeritas para desayunar y me pongo en marcha con muy mala gana.




El primer tramo de la jornada de hoy me lleva hasta Villadiego por un par de rectas de esas interminables.



Pasada la localidad burgalesa, toca empezar a subir. El inicio del puerto de Coculina es extremadamente suave, casi inapreciable. Durante quince kilómetros la carretera pica para arriba aunque, en los primeros diez,  el porcentaje es del 1%. Lo dicho, inapreciable. 





Al pasar Brullés, se empieza a subir con un poco más de fuste, con la línea de aerogeneradores del páramo siempre a la vista. La carretera se encuentra en obras y, lo que sería una tortura con bicicleta de carretera, es solo una anécdota para la btt.






La parte más interesante de la ascensión tiene lugar a la altura de la localidad que da nombre a la subida: Coculina.



Mezclado con los numerosos camiones que circulan cargados de tierra de los desmontes, voy dando buena cuenta de este tramo que rondará el 5% hasta llegar a la altura de las antenas del repetidor.








Al coronar la subida, con bastante calor y sin ninguna sombra bajo la que cobijarse, la migraña que tengo ya es exagerada y me van dando pinchazos en las sienes. La zona llana del páramo que lleva a la otra vertiente, la conocida como puerto de La Nuez, la hago con unas ganas tremendas de vomitar, pero me aguanto y logro seguir pedaleando.



En el descenso del alto de La Nuez, me da caza un betetero con el que inicio la subida al Páramo de Masa pero que pronto me deja porque lleva mejor ritmo que yo. Se dirige a Poza de la Sal para ascender Altotero después de bajarlo.




La subida al Páramo de Masa, que apenas son unos toboganes muy tocapelotas, la hago entre arcadas y arcadas. Tengo muchas ganas de potar pero no acabo de arrancar a hacerlo.




Llego a Masa con ganas de parar y, a la sombra de unos árboles junto a la fuente del pueblo, me tiro un buen rato dormitando con la esperanza de que se me pase un poco el dolor de cabeza.



Tras un buen rato de descanso, continúo la marcha rumbo a la nacional de Villarcayo. Me cruzo con el betetero que ya regresa sin haber subido Altotero porque no se veía con buenas piernas para hacerlo y, poco después de dejarlo, me pongo a potar cada cien metros. Solo vomito agua, ya que no tengo nada sólido metido en el estómago.

En unas ruinas que me encuentro en la nacional de Villarcayo, el primer sitio que me encuentro en el que hay una pequeña sombra bajo la que cobijarme, extiendo la esterilla en el suelo y me echo un rato a dormir para ver si se me pasa el dolor de cabeza. Una hora después, me pongo de nuevo en marcha pero, a nada que bebo un poco de agua, la poto inmediatamente como si tuviera un muelle que hiciera rebote en el estómago.

Ya llegando al puerto de La Mazorra, en Pesadas de Burgos, me meto en un bar para tomar una cocacola que me corte los vómitos y, mano de santo, la cocacola me asienta el estómago y el subidón de azúcar me calma muchísimo el dolor de cabeza.




Corono La Mazorra mucho más animado. Desde aquí es casi todo el terreno favorable hasta Bilbao y, el solo hecho de pensar en lo mucho que va  mejorar el paisaje, me hace dejar de pensar en lo mucho que estoy sufriendo en esta jornada.






Dejo atrás el río Ebro y llego a Villarcayo. Me dirijo al autoservicio para comprar comida pero son las 16:00 y no abren hasta las 17:00, así que decido no parar ya hasta casa, que solo son 84km. Buff!! Solo!! El alto de Bocos tiene pinta de que va a ser un duro escollo que salvar.



La enorme recta de kilómetro y pico al 8% se me hace interminable. Aunque el tiempo que transcurre mientras solvento las dos últimas curvas tampoco es moco de pavo.





Por fin, llego a la cima del alto de Bocos. Salvo contados repechitos, la cosa está hecha. En cuanto llegue al puerto de El Cabrio, todo será dejarme caer hasta Bilbao.



En El Cabrio disfruto de las vistas durante un buen rato. Llevo mucho tiempo por la estepa castellana y el verde cantábrico bien merece un respiro.



A pesar de no ser más que 62km descendentes, lo que haría en poco más de dos horas con la bicicleta de carretera, se me va a más de cuatro con la de montaña. Llego a Bilbao a las 21:30 con un dolor de culo tremendo, con unas llagas en carne viva y un dolor de manos exagerado. Ni rastro del dolor de cabeza que me ha estado martirizando hasta la cocacola de Pesadas, pero muy hecho polvo.

Está claro que hacer más de 500km con ruedas gordas, además estrenando montura, ha sido toda una locura.

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