Huída de la tormenta

No he pegado un ojo en toda la noche. La temperatura ha sido perfecta pero no han callado los putos ciervos en celo. "¡Por favor! ¡Que alguien les casque una paja!", he estado deseando toda la noche. Un asco, toda una experiencia propia de un documental de La 2, pero que me hace amanecer con muy poquitas ganas de ponerme a dar pedales.




Después de levantarme para disfrutar del amanecer, tengo tanto sueño que me vuelvo a meter en la tienda de campaña. Acabo de remodelar la etapa de hoy y, cuando baje de las Lagunas de Neila, tiraré para la vertiente riojana en lugar de dar el rodeo que tenía pensado por tierras sorianas.




Un buen colacao después y me pongo en marcha entre bostezos. Aún tengo que terminar de bajar por la pista que anoche dejé a medias.





En unos cientos de metros conecto con una carreterita asfaltada que baja de las montañas y que creo que era mi primera opción, aunque arriba no pude verla.




Con la subida a las Lagunas de Neila como objetivo, sigo bajando hasta conectar con la carretera que viene de Salas de los Infantes.





En cuanto conecto con esa carretera, unos metros más allá, me topo con el desvío que va a Huertas de Arriba, la que será la vertiente que utilizaré para acceder al collado de Neila.



La subida es larga y con un acumulado cercano a los mil metros. La primera parte, hasta llegar a Huertas de Arriba, me lleva por un bosque cerrado. Son dos kilómetros subiendo al 6% y tres o cuatro más bajando hasta llegar a la pequeña población burgalesa.





Me cuesta encontrar la salida del pueblo debido a la estrechez de las callesjuelas. A partir de ahí, una carretera igual de solitaria que la anterior me lleva hasta otro pequeño collado de paso que se encuentra en una especie de área recreativa.




Estando en el punto más alto de ese collado, más o menos en el km12, me encuentro con una carretera que va hasta las lagunas pero que la señal indica que se accede a ellas por pistas. Para ir por asfalto, me dirige de nuevo hacia abajo, hacia la carretera asfaltada que nace en el collado de Neila. Unos kilómetros más allá, con bastante desnivel perdido, me toca recuperarlo por la carretera tradicional, la que se dirige a Quintanar de la Sierra.




En el collado de Neila, me topo con unos trabajadores que están enfrascados en ampliar los arcenes de la zona. Comentando la jugada con ellos, y con un par de chicos con BTT que están allí mismo, les cuento que he visto asfalto en la pista que sale del collado de paso cuando vienes de Huertas de Arriba. Me confirman que la acaban de asfaltar y que podría haberla estrenado. Una pena, porque me habría ahorrado tener que bajar para volver a recuperar la altitud perdida.



Me dan ánimos para los cuatro duros kilómetros que me restan para coronar las Lagunas de Neila. Yendo con las alforjas, los voy a necesitar para superar los kilómetros enteros por encima del 11% de pendiente media.




Supero la primera mitad de la subida con bastante solvencia y, al llegar a la barrera, me llevo la grata sorpresa de un asfalto perfecto, nada que ver con la gravilla que había la otra vez que estuve aquí, en plena macroquedada nocturna.





Tres kilómetros y medio y ya estoy a la altura del restaurante. Ya solo me queda otro medio kilómetro para llegar a la barrera que impide el paso a vehículos para acceder a la zona de los lagos.





Continúo con la bicicleta por la pista, asfaltada primero y de tierra poco después.




Desde la barandilla observo el primero de los charcos. Creo que se trata de la Laguna de la Cascada porque, como es la única que tiene agua, no sabría ubicarlas sin relacionarlas entre sí.




Todo lo demás no existe. La zona está seca. Incluso cuesta encontrar agua en las fuentes que te encuentras por la carretera, que apenas tiran unas gotas.





Me doy media vuelta un rato después y me paro en el mirador para sacar unas fotos desde allí.




Con la idea de hacer los puertos sorianos descartada, desciendo hacia Neila con la idea de limitar mi jornada de hoy a pasar al valle de Cameros a través del puerto de Peñahincada y quedarme a dormir en el alto de Clavijo.



Pero, según voy descendiendo por el valle del río Najerilla, veo que hoy no voy a tener la misma fortuna que ayer y que las tormentas que habían previsto por el Sistema Ibérico van a tener lugar. En muy poco tiempo, las nubes se están agrupando por la zona a la que quería ir y el color que están cogiendo no es nada bueno.




LLego al embalse de Mansilla, que en esta parte final no tiene ni una sola gota de agua, con la incertidumbre y la duda sobre qué decisión tomar. No sé si seguir ya en dirección a Nájera o lanzarme a la aventura de probar con Peñahincada al pasar el embalse.





A medida que voy llegando a la cabeza del embalse en Tabladas, aparece algo de líquido. Hace calor y llevo un buen rato sin agua y sin ver una sola fuente.







Dejo la presa y estoy bastante seco. En un bar me llenan los bidones con unos hielos y me dicen que es normal que no haya visto agua por ninguna parte porque están todas las fuentes secas.



En cuanto paso el desvío de Viniegras tomo la decisión: me olvido de Peñahincada y ya volveré en otra ocasión para hacer el plan soriano y enlazarlo con este otro.



Con los planes completamente reformados, paro en Anguiano para comer junto a una fuente. Para variar, no hay agua y me tengo que apañar con uno de los bidones que me llenaron en el bar.



Poco después, ya camino de Nájera, me detengo para llamar a Amaia. Llevo todo el día sin cobertura y, al pasar por Bobadilla, me pita el chisme indicando que le llega señal. Mientras hablo con ella, me caen un par de gotas gordas. En Bilbao parece que está lloviendo y Amaia me avisa que en la tele han dicho que se esperan fuertes tormentas por donde yo ando. Me alegro mucho de haberme rajado de subir Peñahincada.




El tramo que va de Anguiano a Nájera es una sucesión de rectas muy largas que me permiten darle caña para que no me coja la tormenta que parece que se está empezando a desencadenar por las montañas. En esta zona, inicio de la gran llanura riojana, parece que estoy algo más seguro.




Ya estoy a tiro de una etapa cómoda hasta casa así que, cuando encuentre un buen sitio para tirar la tienda, daré por concluida la etapa de hoy. Aún así, como es todavía muy temprano, sigo pedaleando mientras no vea que vaya a caer agua. Siguiendo rumbo norte, llego hasta Hormilla.



Mi siguiente punto de paso es Briones. He elegido llegar a Euskadi por Rivas de Tereso, subida que he hecho varias veces pero de la que aún no tengo fotos en el blog. Al salir de Hormilla, tengo que superar el alto de Valpierre, una pequeña cota de un par de kilómetros.






Apenas un par de curvas en esta subida al 5% sobre terreno de viñedos que me sirve para ganar altitud y obtener una mejor perspectiva de los campos riojanos.





En la cima, se muestra ante mi el perfil de la sierra de Cantabria, a donde me dirijo, y los núcleos de población que rodean a Haro, entre ellos, Briones.




Son algo así como las cinco de la tarde y veo muchas nubes en la sierra. El riesgo de tormenta comienza a ser elevado de nuevo. Antes de llegar a Briones, paso por delante de la ermita de la Concepción, con su magnífico hall cubierto.



Avanzo unos metros y hay, frente a ella, una zona arbolada con mesas y una fuente de agua fresca. Se me enciende la lucecita y pienso que no va a haber mejor sitio para pasar la noche que la entrada de la ermita. Ya pueden caer chuzos de punta por la noche que no voy a tener que sacar la tienda.




Regreso a la ermita y compruebo cuál es la esquina en la que estaré más protegido del aire, que está empezando a ser algo fuerte. La mejor es la de la chimenea, pero esa no la puedo usar, así que me cojo la contigua.





Me preparo la cena y, como quedan un par de horas de luz, me entretengo dando un pequeño paseo por los viñedos.




Va cayendo el sol y, ahora sí, la lluvia es inminente. Le ha costado pero ya se oye tronar en la sierra. La temperatura baja de golpe y el viento es cada vez más fuerte así que decido meterme en el saco.



Estando tumbado llega un coche. Bajan de él un par de viejillos y, cuando ella va a entrar en el recibidor, me ve y salen por patas.



El cielo se está tiñendo de naranja y no puedo desperdiciar la ocasión de contemplar un nuevo atardecer.




Las nubes se agolpan y los truenos de la sierra suenan más cercanos y mucho más frecuentes. Los naranjas se tornan rojos. La tormenta ya está aquí.



En la oscuridad de la noche, con la sierra de frente, los rayos y relámpagos se suceden. Es todo un espectáculo que puedo disfrutar con la seguridad que me da saber que estoy a cubierto. No tardo mucho en dormirme, que ayer apenas lo hice.

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