A ambos lados del Bidasoa

He dormido de maravilla, a pierna suelta. Tan solo me he despertado un par de veces por culpa del fuerte viento y por cuatro gotas que han caído en una especie de pequeña tormenta que le ha dado por tirar en un rato en el que el aire ha parado. La prueba de la tienda nueva ha sido todo un éxito y me pongo en marcha hasta coronar el col des Veaux.




Siguiendo la pista asfaltada, bajo hasta llegar al río Bastán. A partir de ahí, dejando de lado unas cuantas ventas y caseríos, empiezo a subir por una pista que se encuentra en muy buen estado.




A ratos, pista de tierra y, a ratos, cuando la pendiente se dispara, pista cementada, el camino me lleva hasta conectar con la pista que lleva al pico Gorramakil, o Gorramendi, que viene desde el puerto de Otxondo.



Atrás dejo la visión del radar de Artzamendi, bajo el cual me encontraba hace muy poco tiempo. Un tramo bien chulo a orillas del arroyo, con su susurro continuo como compañero de viaje. Un tramo muy agradable.



Alcanzo uno de los collados que hay entre Otxondo y Gorramakil, donde me encuentro varios coches aparcados y un grupo de excursionistas con botas a la búsqueda del pico. Yo hoy no voy a coronarlo y sigo hacia la derecha para descender a Otxondo.



Las vistas que se tienen desde aquí del Baztán son amplísimas. Hace un día maravilloso, con una temperatura perfecta, muy claro y sin aire. Dan ganas de quedarse un rato y adelantar la hora de la comida. Pero aún es muy pronto y debo seguir camino.



Lo malo que tiene el tramo extra desde Otxondo a Gorramakil es que es tremendamente irregular y que, aunque esté bajando, tengo que superar un par de rampas de esas que tocan la moral.




El piso de estos once kilómetros está cada vez más estropeado y doy gracias por estar transitando con la bicicleta de montaña. Ya no se trata solo de grava. Ya empieza a haber grandes baches y socavones.






Alcanzo el puerto de Otxondo con ganas de iniciar el descenso hacia Indarte Erreka y disfrutar de esa carreterita estrecha y bien asfaltada típica de la comunidad navarra.



Para ello, a unos metros de iniciar la bajada hacia Elizondo, tomo el desvío que indica a Olabide. El inicio de la bajada es como me lo esperaba, con un piso inmejorable y un trazado guapísimo.



Llego al arroyo del fondo del valle y comienzo la subida al collado de Esquisaroy, puerto de paso para llegar a la localidad de Etxalar.



Subida suave y tendida, sin tráfico, sin rampones, sin prisas, disfrutando a cada golpe de pedal. Un sitio precioso para la práctica del cicloturismo.





A poco de coronar este alto, a mano derecha, se toma el desvío hacia Etxalar para ir en busca del collado de Eskisaroi. A partir de aquí, la carretera empeora bastante, encontrándose con mucha gravilla y con algunos baches.





Corono este collado de Edquisaroy, que lo he escrito de todas las formas con las que lo he visto escrito, y me tomo un rato en él para comer la última lata de macedonia de frutas que me queda antes de iniciar el descenso a Etxalar.



Ya en el valle del Bidasoa, siguiendo su curso descendente, voy camino de Lesaka. Tengo fichada una ermita para comer en una de sus mesas y coger agua fresca en su fuente.



Llego a la ermita de Salbatore, unos metros antes de entrar en Lesaka, y me detengo para comer. El agua de la fuente es cojonuda y tengo un banco perfecto para sacar el hornillo y calentarme unas lentejas a la riojana que me saben a teta.



Para otro viaje, se trata de un lugar perfecto para tirar la tienda de campaña. Ya le he puesto una cruz. Hay una zona de césped entre los bancos que es ideal para clavar la tienda. Termino de comer, descanso un rato tumbado al sol y sigo hacia Lesaka para subir el encadenado de Agiña y Aritxulegi que me llevará a Gipuzkoa.



Son once kilómetros de puerto los que se computan para coronar Agiña, aunque la parte inicial apenas se nota. Solo los ocho restantes, una vez cruzado todo el pueblo de Lesaka, se mantienen al 6%. Se agradece mucho que los navarros incluyan carteles gigantescos avisando a los automovilistas de la numerosa presencia de ciclistas en estos puertos.



Estas carreteras navarricas, cuidadas, estrechas, sin línea central, con asfalto inmejorable, trazado curvilíneo, bosque frondoso, frecuentadas por muchos cicloturistas, ..., tienen un encanto especial. Me gustan un huevo. No son grandes puertos pero sí grandes rutas.



La pena es la época del año que he escogido para venirme por aquí. Todos los árboles son de hoja caduca y hay que esperar unas semanas para que estén rebosantes de vida.




Las curvas se suceden, sobre todo algunas herraduras en la parte final. El trazado se aprecia desde aquí con el fondo del valle, cerrado por numerosos montes modestos.





Corono Agiña, por primera vez con luz diurna. Es la primera vez que lo veo a la vez que lo siento. Nunca podré olvidar la primera transpirenaica que tracé por aquí.



El descenso hasta el embalse de San Antón, en apenas cinco kilómetros, es muy rápido. Me voy preparando para la última subida del día: Aritxulegi.



Como un calco de Agiña, Aritxulegi mantiene su aspecto y sus números. Ya solo tengo que negociar estas suaves rampas para dejarme caer hacia Oiartzun.






El túnel de Aritxulegi es la puerta de entrada a Gipuzkoa desde esta preciosa zona navarra. Con las Peñas de Aia tan cerca, son numerosos los coches aparcados en el otro lado.




Es sábado, hace un día cojonudo, son algo así como las dos de la tarde, zona de sidrerías, ..., y me pongo enfermo con el olor a chuletones que emana por todas partes. En Oiartzun tomo el camino de Astigarraga para volver a Villabona.



Con la autovía siempre presente en cada rotonda, llega un tramo en obras a la altura de Hernani del que no puedo escapar. Me encuentro a unos municipales y les pregunto cómo puedo acceder a Urnieta sin pisar la autovía y me acompañan hasta un bidegorri que sigue el trazado del tren de Renfe.



Llego a Andoain y me encuentro la carretera cortada. Hay una carrera ciclista infantil y los críos se encuentran dando vueltas a un circuito cerrado.




Me quedo un par de vueltas y sigo hacia Villabona. Queda bastante rato de sol pero quiero descansar bien para mañana. Al aparcamiento donde dejé el coche, van llegando numerosos mendizales en sus furgonetas para pasar la noche. Mañana hay cambio de hora, hay que madrugar y la jornada se hará dura.

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