Paso 7: subir +5000

El mes de abril ha sido lastimoso en lo que se refiere a la preparación para el Everest. El paso siete lo he ido aplazando un montón de veces porque, en la zona que lo tenía planificado, era imposible de realizar por estar el portillo de Lunada cerrado por la nieve. Con alguna modificación del original, sin Castríos ni Picón Blanco en la agenda, inicio en Carranza una magnífica ruta que me permite llegar al acumulado que busco: 5.000 metros.



La circular que he diseñado no llega a los 5.000 metros por poco y decido meter Peña Ranero en sube y baja para alcanzar la cifra. Dudo entre hacerla al principio o al final pero, para que luego no me de pereza, opto por hacerla de salida. A las 09:00 empiezo a subir.


Siempre es un placer subir a Peña Ranero pero, en estas fechas, aún lo es más. El valle de Carranza, la Bizkaia más rural, está precioso con la vegetación así de fresca. Llover tanto tiene sus parabienes y, aunque la bicicleta no se lleve muy bien con el agua, ojalá que siga siendo siempre así.


El caso es que, antes de darme cuenta, ya tengo hecha media subida. La pendiente inicial no es muy elevada y es llegando a Ranero cuando la cosa se pone más interesante.


Al salir del pequeño núcleo de población, en dirección a las cuevas de Pozalagua, un último kilómetro al 10% que hace las delicias del cicloturista. Las rampas más duras no ahogan y se puede disfrutar mucho de este entorno rocoso lleno de kilómetros y kilómetros de cavidades subterráneas.


Corono Peña Ranero junto al cartel, ya que es el punto más alto. No me merece la pena seguir hasta la entrada de las cuevas y me doy media vuelta para regresar a Concha.


Las barreras del tren están bajadas y tengo que esperar unos minutillos que aprovecho para comer una barrita del Carrefour de las cuatro que me ha cedido Ander de su desayuno y que es lo único sólido que llevo.


En cuanto pasa el tren, empiezo a subir Ubal por la vertiente de Concha. Es un puerto tendido de siete kilómetros constantes por encima del 6% que no machaca las piernas con un buen desarrollo.


No ha sido nunca de mis puertos favoritos pero hay que reconocer que está muy chulo con este verde ácido que todo lo rodea. Además, están segando hierba y el olor es embriagador. Es uno de los olores más relajantes que existen junto con el del ozono de las tormentas.


A medida que voy tomando altitud y me acerco a la cota 600 que se supera en el alto, la montaña cántabra luce espectacular. Se aprecia algo de nieve en las cumbres de Castro Valnera y un montón de nubes amenazantes que me empiezan a preocupar bastante.


Llego a la cima del alto de Ubal con un fortísimo viento de cara. Mientras ascendía, a resguardo de la ladera, no me ha molestado mucho, pero arriba es una pasada que me dificulta hasta mantener la bicicleta en posición vertical. Cuando miré el parte meteorológico estaba emocionado porque no llovería, por lo menos hasta última hora de la tarde, pero no me había fijado en el dato del viento. Si hay algo que odie cuando voy en bici es que haga viento. No lo soporto.


La bajada de Ubal, a pesar de la pendiente negativa, la hago a una velocidad ridícula. Las rachas de aire son de preocupar pero, al llegar a Lanestosa y entrar en su protección, se tranquilizan bastante. El cambio de dirección que tomo en Ramales de la Victoria para subir el paredón de Alcomba, por suerte para mí, me sitúa con el aire favorable en las rampas más duras.


No me imaginaba que el inicio de esta vertiente de Alcomba fuera tan duro. El primer kilómetro supera de largo el 15% de media, con rampas que se mueven por encima del 20% y que me obligan a darlo todo tras un tractor que se me sitúa justo delante y al que mantengo a distancia durante buena parte de la subida.


Aunque pasado el primero la cosa se tranquiliza bastante, son tres kilómetros iniciales ciertamente exigentes con rampas duras en todos ellos. Menos mal que el piso está bien y no hay problemas de agarre.


Las vistas de Ramales de la Victoria son guapísimas desde este punto. La sierra de Hornijo, con su impresionante cresterío, luce estupenda desde aquí.


Concluyen los tres primeros kilómetros y llega un descenso de dos y pico que, por desgracia, rompe la subida a Alcomba en dos mitades.


Se entra en un bosque de pinos casi pelados que nada tiene que ver con la vegetación que rodea toda esta zona, más propio de paisajes más mediterráneos y la presencia de mucha gravilla suelta hace que tenga que andar con cuidado en el descenso.


Una vez concluida la bajada, vuelta a subir hasta la base de la peña. Son otros dos kilómetros y pico que no voy a hacer solo porque veo a unos metros a una pareja de beteteros que llevan un ritmo muy similar al mío y estoy a punto de darles caza.


Hay un tramo en el que el hormigón hace acto de presencia y eso siempre es señal de que la pendiente se dispara. Sin llegar al 20% de la parte inicial, la cosa se pone graciosa por un momento.


Corono esta vertiente de Alcomba en compañía de la pareja. Han sido los únicos ocho kilómetros de la ruta de hoy que no conocía y me llevo muy buena impresión de ellos. Dura esta subida, sobre todo, en la parte inicial.


En la bajada, la chica se dispara y ni la vemos, mientras yo voy charlando con el chico de montañas y viajes, ya que es muy aficionado a la escalada. Un buen rato de compañía improvisada que siempre se agradece. Nos despedimos en el cruce de Valle y sigo hacia Lastras.


El aire de cara es ya una locura y, a orillas del Asón, me hace pensar demasiado. Hay un momento en el que se me pasa por la cabeza dar media vuelta y buscar abrigo de nuevo en el valle de Carranza.


Pero llego a Arredondo y las ganas de continuar pueden sobre el fuerte viento. En breve toca girar hacia la montaña y, si hay fortuna en las laderas, puede que esté más protegido.


Inicio la subida al puerto de Alisas para tomar el desvío a Bustablado y tirar para el Collao Espina. Es una subida durísima y me temo que el viento de cara me impida subir montado.


Tras tres kilómetros llanos, en Bustablado se dan inicio a las hostilidades con una fuerte rampa que sobrepasa con amplitud el 15% y que sirve para entrar en materia.


Poco después, un desvío a mano izquierda, con unos metros en bajada, sirven para recuperar el aire que bien hará falta en la siguiente pared, una de las más exigentes del día.


Con una media que supera el 13%, este kilómetro se hace muy duro, con rampas continuadas por encima del 25% en las que es muy fácil ceder al impulso de echar pie a tierra.


Menos mal que el paisaje es de tanto nivel o más que el porcentaje que se alcanza en una larga recta que apunta al cielo. Por suerte, el giro de 90º previo a esta rampa me sitúa de nuevo con el aire de culo y eso me ayuda en el gran esfuerzo que se necesita para superarla.


Me conozco muy bien la subida y hay que aprovechar el tamo de recuperación que sigue antes de afrontar el paredón siguiente. Además, giro de nuevo y no hay ladera que me proteja del vendaval. Manteniéndome en pie sobre la bici en todo el tramo, con un par de lugareños que están trabajando en la cabaña de la derecha animándome en semejante empresa, me retuerzo sin casi avanzar y manteniendo el equilibrio a duras penas por encima del 25%.


A punto están de tirarme al suelo un par de ráfagas pero consigo mantenerme sobre la bicicleta. Sé que viene un pequeño descanso y echo el resto. Me ha venido muy bien la salida del otro día por los embalses en los que estuve entrenando rampas de doble cifra.


El pequeño respiro me sienta muy bien y, por si fuera poco, entro en una zona de protección del fuerte viento. El abrigo de un tramo de bosque me viene de maravilla para recuperar el aire porque llevo las pulsaciones por encima de las 160.


Aunque esta parte también tiene sus buenos números. Aparece el hormigón rayado para facilitar la tracción en las curvas de un precioso trazado de dos kilómetros al 12% de media y que alcanza el 18% en esas curvas de herradura tan plásticas. Este puerto es una belleza, se mire por donde se mire.


Y además de ser muy bello, es tremendamente atractivo por lo cambiante que resulta el paisaje. A partir de aquí, serán tres kilómetros más de estampas más propias de la alta montaña.


Recuerdo la primera vez que subí cuando estaba recién asfaltado. Había muchísima gravilla suelta y era muy complicado traccionar en estas pendientes.


Pero ahora no ocurre así. La carretera se encuentra completamente limpia y es una gozada. Es uno de los puertos más bellos que recuerdo haber subido en los últimos tiempos.


Ya van siete kilómetros de intenso esfuerzo y Collao Espina me regala un espectáculo enorme antes de afrontar el último tramo. Se corona en falso para disfrutar de las vistas de costa y con el Cantábrico como cómplice me preparo para luchar contra el huracán que azota como nunca.


No es ni la mitad que lo que tenía antes pero casi no avanzo un metro y me supone mayor gasto que la rampa del 25%. A un mísero 7% le tengo que dedicar un brutal esfuerzo para poder llegar a Los Machucos sin caer de la bici.


Corono y miro para Riomiera con muchas dudas. ¿Y si me sopla así subiendo Lunada? Todo apunta a que así será pero, en un acto de valentía o estupidez, no sé muy bien, decido tirar para adelante y seguir con el plan previsto.


Nada más empezar a bajar, me llevo un buen susto. Una ráfaga de aire casi me tira al suelo y apunto están de volárseme las gafas de la cara. ¡Increíble!


Con mucho cuidado, en la parte alta por el aire y en la baja por los baches, llego a San Roque de Riomiera con muchísima moral porque ya he superado las subidas más difíciles del día y solo es cuestión de seguir haciendo kilómetros mucho más llevaderos. Llevo unos 80km, la mitad del acumulado que necesito y ni rastro de fatiga.


Empiezo a subir el portillo de Lunada, que desde San Roque son quince kilómetros a un constante 6% salvo alguna pequeña excepción, y el aire no me permite avanzar. Me meto en una especie de marquesina de autobuses que me protege y espero a que pase la racha con alguna duda sobre si podré subir o no. Me anima pensar que, en cuanto llegue a Las Machorras, la subida a la Sía será con viento favorable.


En una de estas en las que se calma algo, arranco de nuevo con la idea de subir lo que se pueda y, si no se puede, variar la vuelta por Alisas o regresar sobre mis pasos para completar el desnivel que necesito.


Pero a medida que me voy encerrando en el valle y aproximando a la ladera de la gran montaña, ésta me protege del aire y apenas me molesta. Me siento muy aliviado porque la ruta me apetece hacerla como la tengo planeada.


Van cayendo los kilómetros de Lunada a un ritmo constante. Casi no me doy cuenta cuando veo la señal del km.10 en la cuneta de la carretera.


Según me voy acercando al alto, se avecina otro peligro: una tormenta en esta zona puede ser tremenda, y tengo experiencias acumuladas en este mismo puerto en las que lo pasé muy mal.


Hace ya un buen rato que solo veo nubes negras amontonándose en las cumbres y espero que me den una pequeña tregua. Aunque estoy hecho a la idea desde que salí de casa porque daban lluvia para la tarde.


El giro de 180º que hay a la altura del mirador me devuelve a la orientación sur con el viento de cara en una zona más desprotegida cercana al puerto. Me quedan dos kilómetros y pico de desgaste apretando el culo y bajando la cabeza.


Cuanto más me acerco al portillo, más se abre el corredor de aire y, por si fuera poco, el contacto con la nieve que queda residual lo vuelve gélido.


La bajada la hago, aunque no llueve, con el chubasquero puesto. Se agradece una tercera capa cuando el viento de cara sopla con tanta fuerza en un descenso más o menos prolongado y, como era de esperar, en la subida al portillo de La Sía todo cambia y vuelo ayudado por el fuerte viento de cola.


Son otros siete kilómetros al 6% pero, con la ayuda del soplador que empuja, a ritmo de llano. Así da gusto enfrentarse a una pendiente.


Pero claro, si Eolo empuja... pues que llueva para compensar. En la parte alta empiezan a caer gotas desperdigadas de una cortina de agua que se aprecia en la cima de Estacas de Trueba y que me temo que, con la dirección que lleva el aire, enseguida me alcanzará.


Dicho y hecho. Es en la última recta de la subida a La Sía por esta vertiente burgalesa cuando se pone a llover. Por suerte, no es gran cosa y, si me apuras, hasta me agrada.


Corono La Sía y me pongo el chubasquero de nuevo, más que por la lluvia porque viene un largo descenso. Desde el alto se observan un montón de cortinas de agua en varias montañas de las que rodean La Gándara, un lugar maravilloso.


Desde que reasfaltaron este puerto hace bien poco, ha quedado un descenso guapísimo. Pero me lo tomo con calma. Cuando no llueve mucho el piso engaña y se vuelve muy resbaladizo.


Antes de enfilar para Los Tornos por su vertiente de Fresnedo, decido acercarme al mirador del collado de Asón para ver cómo está de crecida la cascada del nacimiento del río y para acumular treinta metros más de desnivel por si anduviera justo al final, aunque ya he superado los 4.000 metros con creces. El panorama que se observa desde aquí es bellísimo.


Se pone a llover con algo más de intensidad pero no son más que unos segundos. Hace tanto viento que las nubes viajan a una velocidad tremenda, lo que me lleva volando a pies de la vertiente de Fresnedo del puerto de Los Tornos.


Pero en esta subida vuelvo a girar para enfrentarme de nuevo al gran enemigo que estoy teniendo en esta jornada. Son más de trece kilómetros, también rondando el cómodo 6%, en los que solo pienso en mantenerme al abrigo de lo que sea.


Por arriba no pinta nada bien la cosa. Se ve que está lloviendo en la cima del puerto y para allí que me dirijo.


Ya he superado los cuatro mil metros y veo muy cerca el objetivo del día, así que voy subiendo con muy buen ánimo y, por lo que marca el cuenta, con muy buen ritmo.


Al llegar a Fresnedo, pierdo la protección de la vegetación y paso por un collado libre de montañas. Esto, en un día como el de hoy, solo puede significar una cosa: el viento de cara vuelve a ser tremendo.


En Fresnedo, casi sin poder avanzar, me detengo junto a un paisano al que le pregunto cuánto me queda para el alto. Me resulta complicadísimo avanzar y, calculando los metros que me restan con Ubal y los que llevo acumulados, estoy por darme media vuelta porque casi me alcanzan.


Pero, ya que estoy metido en este fregado, pues sigo para adelante. El paisano me desea suerte para lo que me espera con semejante vendaval en contra y, a poco de abandonar las casas, sale el sol y se pone todo chulísimo.


Camino del cruce de la nacional de Burgos, estoy protegido y me alegro de haber seguido para arriba. Creo que no me hace falta llegar a coronar Los Tornos pero, por si acaso, decido llegar hasta el puerto.


Con lo bien que voy todo el día sin cruzarme con coches, en la carretera nacional cambia por completo. Hay un camión que me hace pantalla y, en cuanto me pasa, el viento casi me saca de la calzada.


Corono el puerto de Los Tornos junto al cartel de entrada en Cantabria y soy incapaz de mantenerme sobre la bici para hacer una simple foto. Me tengo que posar con los dos pies en el suelo para no caerme de lado.


Paro junto al mirador para ponerme el chubasquero para la bajada y aparcan dos tipos que vienen de Bercedo. Uno está de cumpleaños y, sin conocerme de nada, me invitan a un preñao de chorizo de los de la panadería típica que hay junto a la estación. Ante mi negativa a aceptar se ponen un poco pesados y no me queda otra que aceptar aunque solo sea un trozo de bocata que me como antes de iniciar la bajada intentando que no se me vuele la bici en el mirador.


No me hace demasiado bien la grasa del bocadillo. No debería haber aceptado. Empiezo a subir Ubal por la vertiente de Lanestosa con el chorizo repitiendo una y otra vez.


Por esta vertiente, el alto de Ubal no llega a cinco kilómetros pero, a cambio de la distancia, son un poco más empinados. Rondan siempre el 7% y, como ya es la última subida, el ánimo con el que subo hace que ni me de cuenta de que llevo más de 5.000 metros en las piernas.


El aire que tanto me ha torpedeado en Los Tornos, ahora me lleva en volandas. El sol luce y está quedando un atardecer digno de semejante rutón, con unos puertos espectaculares y a cada cual más bello.


Ni una sola molestia, ni un mal momento, ... Creo que estoy en un magnífico momento de forma. ¡Lástima del puto chorizo de los cojones que me está empezando a doler el estómago! ¡En mala hora, la hostia puta!


Corono Ubal, el último puerto del día. En la cima me doy cuenta de que podía haber mejorado un poco la ruta volviendo al valle de Carranza por Las Arreturas, que es una subida paralela y que no me penalizaba kilómetros ni desnivel y así no repetía puerto. ¡Vaya fallo!


Desciendo con ganas y llego al coche con 174km y 5.137 metros de desnivel que se han hecho esperar pero que he disfrutado como hacía mucho tiempo que no hacía sobre la bicicleta. Tenía ganas de una buena ruta. Buena, bonita y barata.

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