Tourmalet va, Tourmalet viene

Por fin llega el día que me ha tenido entretenido con la preparación durante seis meses. Son las dos de la mañana y toca el despertador. Desayunamos y, como hemos dormido en un sitio algo apartado, movemos el coche hasta el aparcamiento del inicio del col d´Aspin. Entre pitos y flautas, nos dan las tres y media antes de dar la primera pedalada del Everest por las calles de Sainte Marie de Campan.



Pensaba que esta primera subida al Tourmalet la haríamos en solitario pero, para nuestro asombro, es todo lo contrario. Parece la M-30 en hora punta por los numerosos montañeros que andan por la zona aprovechando el buen fin de semana que hace. Llegamos a La Mongie y podemos ver algún que otro frontal por los senderos que se dirigen a los picos.


Amanece a eso de las cinco de la mañana y ya hace bastante calor. Javier ha subido con perneras y yo con unas mallas finas de running que apenas ocupan sitio en el bolsillo del maillot cuando me las quito. Teníamos la duda del fresco que pudiera hacer en este primer descenso, pero parece que no va a ser ningún problema. Todo lo contrario, empezamos a temernos una jornada de mucho calor.


La llegada a la cima del coloso es ya a plena luz. En unos minutos parece como si alguien hubiera encendido las luces del puerto y ya podemos apagar todos los pilotos de la bicicleta. He hecho muchos puertos nocturnos pero este quedará para el recuerdo. En mi corta vida de cicloturista ya van una decena de veces, por lo menos, en las que he subido el puerto top del Pirineo y no podía faltar una nocturna.


Me como uno de los dos plátanos que llevo y una de las tres barritas y para abajo que vamos. En media hora estamos en Luz. Llenamos bidones en los aseos que hay en el aparcamiento del Carrefour y pasamos junto al puente de Napoleón camino de Troumouse.


Los primeros diez kilómetros no pasan de un 4%, hasta llegar a Gèdre. Aquí rellenamos los bidones con un agua un poco más fresca que la de los baños de Luz, que sabe bastante asquerosa, y nos vamos para arriba.


La sombra nos acompaña en todo el fondo del valle por lo bajo que todavía se encuentra el sol a primera hora de la mañana y las fotos que hacemos no son gran cosa pero, una vez que alcanzamos la zona del peaje, a una altitud más interesante, el sol sacude la carretera con fuerza y todo es mucho más vistoso.


Las curvas que nos llevan a las praderas de Le Maillet son muy atractivas para su ascensión en bicicleta. Los desniveles han aumentado mucho en esta parte final pero todavía son cómodos y, lo excepcional del paisaje que se nos ofrece, hace el resto. Es un placer andar por estas laderas.



De Le Maillet hasta la finalización de la subida en la explanada que se encuentra frente al circo de Troumouse se encuentran las rampas más fuertes de toda la subida. Un par de kilómetros por encima de un 9% de media esconden un montón de herraduras, pudiendo observar desde la más alta casi todo el trazado de este tramo.


La primera vez que subí hasta aquí, apenas hace unos pocos meses, todo estaba rodeado de nieve. Hoy es diferente. Destacan las verdes praderas que han asomado tras el deshielo. Los casi treinta kilómetros de subida tienen un premio final enorme.


Volvemos hacia Gèdre, no sin antes pararnos de nuevo para disfrutar del trazado final.


En Gèdre tomamos ahora la carretera que se dirige a Gavarnie para afrontar la tercera subida de la jornada. Para mí es la única que será novedosa, ya que uando hice Troumouse la dejé aparcada por falta de tiempo.


De nuevo nos acompaña el agua en esta etapa que empieza a ser muy calurosa. Menos mal que a orillas de los arroyos la temperatura refresca bastante.


A medida que nos acercamos a Gavarnie, el gran circo empieza a asomar poco a poco. Es una estampa sobrecogedora y ni tan siquiera se aprecia en su totalidad. Voy disfrutando como un enano de semejante paraíso.


Llegamos a Gavarnie y, lo primero que hago, es buscar una boulangerie. Ya me he comido el otro plátano que traía y dos barritas más pero sé que no es suficiente alimento para la etapa que se avecina. Mientras Javier llena bidones en la fuente de la entrada, yo encuentro una panadería en la que comprar una baguette para zampárnosla disfrutando de un primerísimo plano del circo de Gavarnie.


Solo cogemos media barra porque la entera es enorme y nos la zampamos de dos bocados. Con agua fresca en los bidones, seguimos la ascensión hasta el col de Boucharo.


Son otros doce kilómetros colosales, de los más bellos que he podido disfrutar sobre una bicicleta, y eso que ya van unas cuantas ascensiones realizadas en estos casi siete años de cicloturismo.


La verdad es que voy embobado con semejante paisaje y saco decenas de fotos en unos pocos kilómetros. Una tras otra van cayendo las curvas, siempre en un constante 7-8-9% que se hace duro a estas alturas y más con el aire en contra que llevamos.


Vaguadas, más vaguadas, arroyos, morreras, praderas, picos, neveros, vacas, ovejas, ..., ¡qué más se le puede pedir a una subida que sobrepasa con creces los dos mil metros de altitud! Gavarnie-Boucharo lo tiene todo.


Poco a poco, a un ritmo muy suave, vamos llegando a la zona de la estación de esquí de Les Especières. Las herraduras previas permiten tener una visión muy guapa del trazado de la carretera en el tramo previo a la estación.


Dejamos la estación atrás y la subida se vuelve más y más bruta. Camino del col de Tente nos encontramos con numerosos ciclistas que descienden de semejante coloso.


Es complicado elegir un encuadre y prescindir de los demás, así que ni me lo propongo y disparo la cámara a cada metro. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto sobre la bicicleta. ¡Impresionante puertazo!


Llegamos al aparcamiento del col de Tente y nos encontramos con las piedras que cortan el paso a los coches y que impiden que sigan hacia el col de Boucharo, también llamado collado de Bujaruelo si lo llamamos en español.


Aparece entonces un valle glaciar imponente, colosal, inmenso. Por una carreterita bastante deteriorada y que desaparecerá con el tiempo, seguimos hasta la frontera española con una pendiente muy liviana que permite disfrutar a lo grande de este paraíso natural.


En el collado de Bujaruelo sopla aire fuerte. Dejamos las bicis en el suelo y caminamos unos metros para observar la vertiente española que está sin asfaltar. Bueno, no hay ni pista, es tan solo un sendero por el que, si se quiere pasar con BTT, hay que hacerlo cargando la bicicleta.


Numerosos montañeros coinciden con nosotros, casi todos ellos son españoles. Alguno comenta que es un sacrilegio que haya una carretera asfaltada que llegue hasta aquí y, en mi opinión, no les falta razón. Este es de esos sitios a los que hay que venir con mochila y perderse unos cuantos días con la tienda de campaña. El Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido me verá así a mucho no tardar.


Tanta belleza consigue emocionar a cualquiera y emprendemos el largo descenso que nos devolverá a pies del Tourmalet con los pelos de punta. Volvemos a coger agua en Gèdre y paramos en el Carrefour de Luz para comprar una cocacola y algo de chocolate del que damos buena cuenta. Sabíamos que podía suceder y, al comienzo del puerto, una carrera profesional nos obliga a tomar un descanso de media hora.


El sol se encuentra en su punto más alto y calienta que da gusto. Vamos ganando altitud con mucha tranquilidad y vemos que el reto Everest no va a poder ser.


Decidimos parar cuantas veces haga falta y aprovechamos cualquier sombra para echar un trago de agua, cada vez más caliente. Ya no hay prisas, ya no importa a qué hora lleguemos al coche.


En Barèges encontramos otra fuente para refrescarnos. Coincidimos con un par de ciclistas catalanes que también suben penando bastante. De hecho, les van a venir a buscar con una furgoneta.


Tomamos la vía Fignon como opción de subida. Hace un par de años no había elección pero, con el asfaltado de la pista que salía de la estación de esquí por la ladera de la izquierda, ahora se puede subir por dos lugares diferentes.


A mí esta ruta tradicional me trae a la memoria grandes recuerdos de cuando empezaba en esto de subir puertos y de cuando intenté hacer una transpirenaica por primera vez. ¡Qué putas las he pasado siempre en este puerto! Por suerte, aquellos tiempos quedaron atrás y el Tourmalet lo puedo disfrutar como se merece.


Llegamos a la curva de vaguada del museo botánico con más pena que gloria. Hasta aquí nos hemos cruzado con algún coche pero, los dos kilómetros siguientes, tienen barreras que les impiden el paso y son una gozada para subir tranquilos.


La temperatura refresca bastante a medida que ganamos altitud y, entre las montañas, empiezan a asomar algunas nubes chungas. Esperamos no tener tormenta en este espacio de tiempo que nos queda hasta coronar el puerto.


Conectamos con la otra vía de subida a falta de poco más de cuatro kilómetros. Salvo un pequeño descanso, nos queda la parte más dura del Tourmalet, pero también la más emocionante.


A mí esta vertiente me gusta tanto, y me trae tan buenos recuerdos, que no puedo dejar de hacer fotos. El Pic du Midi se ha quedado cubierto, es una pena, pero la visión del valle es magnífica.


Ya no queda nada para llegar arriba. Ya hemos superado los cinco mil metros de desnivel acumulado y el kilómetro final es el más duro, en términos de pendiente media, de toda la jornada.


Ha costado bastante, pero llegamos a la cima del Tourmalet. Ahora mismo parece lejano el paso de esta mañana y los objetivos han cambiado bastante. Aún así, las estampas que nos llevamos creo que han merecido mucho la pena.


El primer kilómetro de bajada lo hacemos con algo de niebla pero pronto desaparece. Parecía que íbamos a pasar algo de frío en este descenso pero tampoco es para tanto. Llegamos al coche y me pongo a preparar la cena. Había dejado pasta cocida para el avituallamiento pero, como no vamos a seguir, ya hacemos merienda-cena. La jornada de mañana es una incógnita. 

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2 comentarios :

  1. Muy chulas las fotos, tuvisteis buen tiempo, que envidia.

    Nunca pensé que pudiera utilizar la pluma para dibujar es estupenda.

    Un saludo

    José Luis

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  2. Sí, tuvimos unos días magníficos.

    Pues me alegro por lo de la pluma. Ahora a meterle caña y a hacer cosas guapas, ya verás.

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