VUELTA A ESPAÑA 11
Martiago - Villada

Hoy ha sido la primera noche en la que he pasado algo de fresco. Amanezco en el banco con el saco húmedo del rocío que ha caído y la escasa hierba que sobrevive en el suelo del parquecito está muy mojada. Me pongo en marcha con la camiseta térmica, los guantes y el chubasquero, algo que no hacía desde la etapa que salía de Soria.

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BITABI 11 Martiago 265 km 1540 m+ IR

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Sigue haciendo fresco hasta la salida del sol. Salgo pronto porque ya he tomado la decisión de hacer los 540km que me quedan hasta Bilbao en tan solo dos etapas y no entro en calor hasta que inicio la subidita a los Riscos de Martiago desde el gélido desfiladero del río Águeda.


Lo de gélido es un decir porque vengo de temperaturas tan extremas que rondar los 25ºC a primera hora de la mañana me sienta como si amaneciera en el Polo Norte.


Solvento estos tres kilómetros de suave subida al 4% y ya solo me queda meter plato y continuar hasta Ciudad Rodrigo. La carretera no es muy buena que digamos y se halla muy botosa e irregular.


Me meto en Ciudad Rodrigo para contemplar la parte monumental y transitar un poco por sus calles. No tengo demasiada prisa y espero un cuarto de hora a la apertura de un supermercado para comprar pan.


En el supermercado tienen una oferta de dos tabletas de chocolate por 0,40€ y me hago un segundo desayuno en plan hobbit comiendo media entre pan y pan antes de volver a ponerme en marcha por la N-620 que, como ya suele ser habitual, al haber una autovía paralela, es como un bidegorri particular.


El terreno vuelve a ser horroroso y sin ningún aliciente. Ya no me quedan objetivos y estoy acostumbrado a que los regresos a casa sean una tortura psicológica. Por suerte, mis plegarias han dado sus frutos y el aire contrario de todos estos días, gracias al giro hacia el nordeste que ha tomado mi rumbo, se convierte en un apoyo muy bienvenido al soplar lateral favorable. Un conocido mío lo llamaba viento portugués y, en estos momentos, es un regalo caído del cielo.


En un crucero de la nacional, junto a un restaurante en el que aprovecho para rellenar los bidones, abandono la carretera de Salamanca para adentrarme en una vía secundaria que me lleva a Ledesma. La ruta que voy a seguir para ir a Bilbao, para mi sorpresa, pasa por Zamora gracias al GPS, recortando unos diez kilómetros a la que podría parecer más directa por Salamanca y Valladolid.


Un cartel avisa de la existencia de obras en esta nueva carretera. El primer tramo se encuentra impecable y el viento favorable me permite volar hacia el nordeste.


Pero enseguida termina este tramo recién asfaltado y la carretera se convierte en una tortura para mis alforjas, dando botes y botes en cada pedalada.


Por un momento, casi habría preferido hacer más kilómetros y haber seguido hacia Salamanca, aunque como conozco lo que hay en esa ruta tras pasar Valladolid y sé que hasta Burgos tendría que ir por carreteras semejantes a esta, tampoco me importa demasiado.


Ya hace bastante calor a mediodía y yo sin agua. Se pasan un par de pueblos chiquitines y no encuentro dónde llenar los bidones.


El paisaje salmantino de esta zona se caracteriza por los alcornocales y encinares, con amplias dehesas para el ganado bravo, aunque no tengo oportunidad de divisar ni a una sola res.


Por suerte, dejo Sando y la carretera vuelve a ser amable conmigo y me permite tomar una velocidad crucero que me permite ser optimista con la distancia que puedo alcanzar hoy. Sin bajar de 30km/h me voy a plantar en Ledesma para poder comer tranquilo.


Llego a Ledesma y mi prioridad, como casi siempre, es abastecerme de agua. El fresco mañanero fue solo una ilusión porque ya estamos rondando los 40ºC de nuevo. En una sombra, junto a unos bancos de un paseo, me preparo la comida. Tenía para tres días pero, como ya tengo muy claro que solo van a ser dos, no me ando con racionamientos y me pongo en plan glotón para aligerar el mayor peso posible.


Cruzo otro gran río, el Tormes, camino de Zamora. Cada vez sopla más el aire, cosa que no me importa lo más mínimo. Está empezando a ser de gran ayuda.


Hacía muchos días que no pensaba en la lluvia pero, a medida que me voy acercando al norte, empieza a ser algo a tener en cuenta. Amaia ya me ha informado de que dan chubascos para mañana, así que las nubes empiezan a ser un motivo de preocupación.


Volando, a un ritmo muy elevado y sin apenas esfuerzo, entro en otra provincia: Zamora. Ya me acerco a la veintena de provincias que me han visto pasar en este viaje.


Las grandes rectas, unidas al cada vez más intenso vendaval, hacen que los kilómetros caigan con mucha rapidez. Por fin tengo la suerte de contar con aire favorable y, si tenía que tenerlo en algún momento, éste parece el más apropiado.


Cerca de Zamora, sin apenas llegar a la categoría de sierra, unas pequeñas lomas y montículos adornan un poco el paisaje haciéndolo más entretenido. Llevo muchos kilómetros sin apenas variedad y se agradece mucho ver cuatro arbolitos pegados a una cuestecilla.


Incluso la carretera curvea un poco antes de acceder a la ciudad y resulta entretenida. Se nota que tras estas montañitas se encuentra el río Duero moldeando el entorno.


En efecto, el río Duero hace acto de presencia al llegar a Zamora. A este también lo vi hace unos días aún en pañales allí por tierras sorianas. Por aquí, con muchos afluentes en sus espaldas, ya es otra cosa.


La velocidad ha sido tan alta que me da para dar una vuelta por las calles de Zamora. Busco algún lugar para comprar unos flashes y refrescarme un poco del intenso calor.


En una plazoleta encuentro un quiosco y me siento junto al viejillo que lo regenta. Aquí me quedo más de una hora charlando con él y con tres jubilados más que se añaden bajo la sombra de un hermoso árbol. Mientras, los flashes van cayendo, uno tras otro, probando todos los sabores. Cuando ya se me acaban todos los colores, reinicio la marcha.


Son las seis de la tarde y me quedan 370km hasta Bilbao. Cuantos más pueda hacer en las horas que me quedan de luz, menos me quedarán para la gran brevet independiente que me espera mañana.


Pero el tiempo está cambiando y el viento arrecia cada vez más. En Zamora he vuelto a girar mi rumbo un poco hacia el este y el aire del oeste me empuja con fuerza haciendo que mi velocidad de crucero sea de 35km/h sin mucho esfuerzo.


Las localidades van cayendo una tras otra sin apenas darme cuenta y, en cuanto paso Villalpando y giro más hacia el este todavía, ya es el despiporre. El viento me da ahora de cuelo y, literalmente, vuelo. De los 40km/h no bajo ni cuando paro de dar pedales para descansar un poco la postura.


Abandono la carretera de Medina de Rioseco para retomar un poco el rumbo norte por vías secundarias y eso se nota en la velocidad, tanto por el aire como por el piso, mucho más irregular. Pero aún así, no bajo de los 30km/h. Está cayendo la tarde pero los kilómetros caen con la misma rapidez.


Con la moral por las nubes, embutido en este particular túnel del viento que me lleva en volandas, entro en Valladolid, una de esas provincias que tocaré así de refilón y que abandonaré enseguida.


Dicen que ancha es Castilla y así lo parece. Los campos de cereal y los adornos de girasol me rodean por todas partes mientras los cruzo por rectas interminables en otras condiciones pero que pasan sin enterarme producto del gran empuje que llevo.


Poquito ha durado Valladolid en mi ruta. Ha sido visto y no visto. Si me dicen esta mañana en Martiago que hoy iba a llegar a Palencia, no me lo creo.


Se me hace de noche llegando a Villada y decido que ya es suficiente. La etapa se me ha ido a 265km después de haber hecho 110km desde Zamora en apenas tres horas y poco, a una velocidad media que nunca había conocido antes y que el fortísimo viento favorable se ha encargado de permitir.


No encuentro un techo bajo el que cobijarme pero veo un letrero que indica el camino para ir a la estación. Hacia allí me dirijo, ya que las estaciones de tren suelen tener alguno para protegerse.


Pero no, la estación de Villada no tiene techo volado. Por suerte, la sala de espera está abierta y tendré dónde meterme. Me da penita haber parado porque con lo que sopla el aire podría haber llegado mucho más lejos pedaleando un par de horas nocturnas. Pero me encuentro cansado. Aún con mucha ayuda, estas tres últimas horas no he parado de dar pedales con fuerza y puede que me haya pasado un poco emocionado por lo mucho que estaba avanzando en tan poco tiempo.

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