VUELTA A ESPAÑA 02
Soria - Sacedón

A pesar del tormentón que ha caído esta noche, he dormido la mar de bien. El encargado de la estación no las tenía todas consigo y, viendo y oyendo los pedazos truenos y relámpagos, me vaticinaba una noche sin pegar ojo. Pero ir de paliza en paliza es lo que tiene, que duermes del tirón sin mayores problemas. A las seis de la mañana, toca diana el despertador.

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BITABI 02 Soria 196 km 1790 m+ IR

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Estos viajes durmiendo en cualquier parte tienen por costumbre regalarme una amplia colección de amaneceres y atardeceres. Se pueden observar de todos los tipos posibles y es una de las cosas que más me gusta de dormir de tirao por ahí.


La ruta del día comienza por la N-111 que parece un super carril bici exclusivo para mí porque no circula nadie por ella. Han hecho una autovía que discurre paralela y el tráfico se lo lleva todito todo. Bueno, tráfico es un decir, porque solo pasan dos coches en toda la mañana. Estamos en la tierra de las infraestructuras duplicadas y sobredimensionadas y no sé para qué coño necesitan una pedazo autovía como ésta para cuatro pueblos despoblados que me voy encontrando a mi paso. En Francia, estas cosas no pasan, desde luego.


Pero en un momento dado, la nacional se encuentra cortada y me expulsa hacia la autovía. A diferencia de lo que es habitual, me encuentro una señal que no había visto nunca y que, en vez de prohibir el paso a peatones, carros, ciclistas, ..., lo que hace es aconsejar el uso del coche.


Metido en el arcén de la autovía por si acaso, aunque bien podría ir por el puto medio que no pasa nadie más que yo, corono el modesto alto de Lubia que no es más que una sucesión de pequeños toboganes que concluyen en el punto en el que han colocado un cartel de puerto de montaña que ni me esperaba encontrar.


El suave descenso me lleva hasta Almazán, donde abandono la autovía definitivamente. Si algo tiene de curioso este viaje es el paso por las cuencas de los ríos más importantes de España. Aunque ya nos saludamos en Soria, ahora le toca el turno al Duero que, después de la que ha caído esta noche, entiendo por qué es el más caudaloso de la península.


Con la parte amurallada a la vista, a orillas del río que es donde más fresco se está, me meto un segundo desayuno de los buenos. Es algo que tengo muy claro, que debo comer bien cada poco tiempo para mantener una rutina alimentaria que me mantenga con fuerza y que no pueda venirme un bajón por no haber comido. Cada vez que paro, me pongo en plan glotón. Además, esto me permite ir quitando peso, que las alforjas, con tanta comida, pesan una barbaridad.


Dejo Almazán atrás y continuo por un terreno ondulado de pequeñas lomas como son los altos de Barahona. Me encuentro con un betetero que se para a ayudarme cuando pensaba que tenía algún problema, aunque solo estaba echando un meo en la cuneta.


Me encuentro muchos campos de girasoles, algo muy común en ambas Castillas, y mucha soledad. Las pequeñas poblaciones que cruzo no dejan de ser cuatro casas sin ningún ser vivo a la vista.


La temperatura al mediodía es algo exagerado pero, a diferencia de lo que pensaba, lo voy llevando bastante bien. El problema es la escasez de agua y las distancias tan grandes entre poblaciones que me obligan a hidratarme en plan camello cada vez que pillo una fuente. En una especie de parque que hay a la entrada de Barahona, paro a comer con más fuste aprovechando que la fuente que tienen es bien hermosa y que podré limpiar bien los cacharros cuando termine.


Es curioso comprobar en un viaje así como la gente se mimetiza con su entorno y como la aridez del paisaje se transmite a las personas. En esta parte de Castilla no me dirige la palabra ni Cristo. Me resulta muy curioso lo huidizos que son y lo poco que parecen gustarles los extraños. Termino de comer, planto un buen pino tras una casa y abandono Castilla y León para entrar en Guadalajara.


La parte norte de Guadalajara que colinda con Soria son un sinfín de pequeñas sierras y lomas con unas cuantas subidas cortas desde los valles del porrón de afluentes que llenan el Tajo. Aunque la zona sea bastante llana, por lo menos se difruta de horizontes variados y perfiles montañosos por todas partes. La sierra pobre no está muy lejos y la sierra de Alto Rey queda muy cercana.


Sigo acumulando desnivel sin hacer puertos. Si esta etapa la hubiera tenido a la vuelta me habría quemado bastante pero, con las fuerzas aún intactas, lo llevo bastante bien.


Pero lo que peor llevo es la temperatura que estamos alcanzando. 40ºC ya me parecen pocos para lo que empiezo a soportar. Menos mal que en la electrónica que llevo en la bicicleta no tengo termómetro porque mi moral no soportaría conocer el dato exacto. Me sigo entreteniendo con los diferentes colores que me ofrece esta tierra seca.


Antes de llegar a Jadraque tengo una de las rampas más fuertes del día. ¡Y yo sin agua desde hace muchísimos kilómetros! Me muero por pillar una fuente cuanto antes.


El descenso de este rampón me deja en la población que da nombre a esta comarca y no me distraigo mucho al entrar y voy directo a buscar una fuente. En un gran parque, nada de nada, no hay ninguna. Pregunto a unas señoras que andan por allí y me dicen que lo voy a tener jodido para encontrar fuentes por la zona pero que, subiendo hacia el castillo, hay una muy maja en una gran curva.


Para allí que me voy. Empiezo a subir con ansia de encontrar el agua porque los labios ya no se me separan. Tenía esta subida bien localizada por el streetview y, aunque no he estado nunca antes, se me hace muy familiar.


Como casi todas las subidas de la zona, esta ronda los cinco kilómetros a un porcentaje medio del 4%. Estos datos son una gozada para mi pesada carga.


Lo mejor que tienen estos pequeños altos en zonas tan llanas es que las vistas suelen ser brutales y se alcanzan un montón de kilómetros a la redonda.


Voy subiendo y tengo ocasión de comprobar lo maleducados que son por estos lares. Solo pasan dos coches y ambos conductores se ponen como fieras por ver un ciclista en la carretera. Y eso que voy muy pegado a la derecha y tienen toda la calzada para ellos. Al tiempo que me pitan con las bocinas les oigo soltando exabruptos por la ventanilla. Podría ser algo puntual pero el castellano manchego de Guadalajara me va a dejar una triste imagen en todo el viaje. No me gusta nada generalizar pero ... ¡qué pobre gente!


Llego a la curva de herradura en la que se encuentra la fuente y no saco una foto por vergüenza ajena. No sé cómo puede haber gente tan guarra. Está todo lleno de basuras tiradas por el suelo y tengo problemas para encontrar un lugar donde sentarme bajo la sombra del único árbol de la zona.


Un lugareño llega con su coche, mientras estoy merendando, para llenar unos cuantos bidones en la fuente. Todo hay que decirlo: el agua está buenísima. El mismo hombre me dice que no hay manera con la gente del lugar, que no saben comportarse.


Sigo subiendo con la imagen del castillo de Jadraque siempre a la vista. Se trata de un castillo precioso y su localización muy plástica. Mientras tanto, pasa otro coche y, esta vez, el copiloto me grita por la ventanilla: "¡Descerebraus! ¡Que sois unos descerebraus! ¡Luego os atropellan!". No salgo de mi asombro. La carretera no tiene arcén, no hay señalización divisoria horizontal y voy lo más a la derecha que se puede. De tres coches que me pasan, son tres los borregos que me encuentro. Aunque la muestra es corta, la estadística no deja lugar a dudas: esta gente es muy pero que muy paleta. Como decía aquel: ¡Dios mío, líbrame de los tontos que de los hijos de puta ya me libraré yo!


Aún alucinado con el personal que puebla estas tierras, sigo subiendo tranquilamente y haciendo fotos al valle y al castillo.


Corono este alto de Jadraque y un tramo llano de páramo me deja en Miralrío. Aunque sin darme cuenta, me dejo atrás el desvío que tengo que tomar a la salida del pueblo y continuo tres kilómetros extras hasta darme cuenta. La vuelta de esos tres kilómetros es una gozada porque llevo dos días con aire contrario y dar media vuelta me sitúa con él a favor. Pero solo es un momento y no me hace demasiada gracia reandar lo andado.


Desde el alto de Miralrío se tiene una vista preciosa del fondo del valle del río Badiel. Son otros cinco kilómetros de descenso hasta Utande para iniciar la subida opuesta al alto de Trijueque.


Esto no para. A una subida le sigue otra de iguales características. Y el calor se va incrementando hasta hacerse terrorífico. Pillar agua hace tiempo que es una de mis prioridades.


Corono este alto de Trijueque y voy camino de Brihuega pasando sobre la A-2. Poco más adelante, me encuentro con una estación del AVE en medio de un desierto. Lo de las macroinfraestructuras que han construído aquí es alucinante. Estoy entrando en La Alcarria que, en idioma árabe, significa Tierra poco poblada. Que me expliquen cuántas veces van a ir en el AVE los cuatro borregazos que me han increpado al volante.


A Brihuega llego a través de una larguísima recta con arbolado a los lados que aprovecho para ir chupando sombras porque ya me estoy deshaciendo.


Menos mal que encuentro una fuente en una hermosa plaza y me ducho de lleno en ella. Aprovecho para merendar ante la atenta mirada de un par de paisanos a los que intento sacar conversación pero que no hay manera de que saluden, tan siquiera.


Son las cuatro de la tarde y ya tengo hechos los kilómetros de la segunda etapa que tendría que haber terminado aquí, en Brihuega. Pero los 40km de más que hice ayer me han dejado la etapa tan corta que me apetece seguir dando pedales y me pongo como meta llegar hasta Sacedón y, no solo mantener ese adelanto de 40km, sino ampliarlo algo más.


Pongo el cuentakilómetros a cero y moralmente es cojonuda esta táctica. Cuando salgo por la mañana no tengo necesidad de una etapa muy larga y, cuando llego a mi destino original, pongo a cero el cuentakilómetros y juego a sacar la mayor ventaja posible para el día siguiente.


Sigo el curso del río Tajuña por un momento. Este valle me lo conozco de cuando subí en su día a Valfermoso de Tajuña. En Santa Clara, tomo el desvío que me permite cambiar otra vez de valle a través de la cima de Casar Quejigo, una finca que da nombre al alto.


La subida vuelve a ser la misma cosa que las últimas: cinco kilómetros al 5%. Pero esta me resulta mucho más atractiva. El trazado es más revirado y hay mucha vegetación. Al tiempo, las vistas del valle son muy guapas y subo muy entretenido.


Sorprendente esta parte de Guadalajara después de ver lo que la ha precedido desde que dejé Soria. La finca que tiene la entrada en la cima es la que me sirve para darle nombre a la subida.


Una recta impresionante parece hacer más las veces de cortafuegos que de vía de comunicación. La tendencia es descendente pero el viento lateral de cara no me permite coger un ritmo bueno acorde al terreno. Y eso que voy buscando abrigo en el arbolado.


En cuanto el arbolado desaparece, el viento es más molesto. Solo tiene una cosa buena y es que hace bajar un poco la sensación de calor sofocante que padezco.


El descenso de Budia me deja en Durón, ya a la vera del embalse de Entrepeñas, uno de los que forman el llamado Mar de Castilla. En Durón encuentro agua y converso con un lugareño más simpático que los que me he topado por estas tierras, pero claro, su acento denota que no es castellano manchego, sino un canario que ha aterrizado por aquí.


Es muy cruel estar a más de 40ºC sobre la bicicleta y ver cómo se divierten los demás practicando deportes acuáticos. ¡Como echo de menos mi piragua!


Dejo a la gente bañándose en el embalse y sigo camino de Sacedón por un terreno ondulado pero muy cómodo, por muy buena carretera.


Las familias pasean por el camino habilitado a orillas del embalse de Entrepeñas, disfrutando del fresco que ofrecen algunas sombras de los árboles. Ya va cayendo la tarde y el calor no es tan fuerte.


Llego a Sacedón alargando mi ventaja diaria 10km más. Ahora llevo 50km de ventaja y la etapa de mañana se me ha quedado muy cómoda. Pensar así me facilita mucho el trabajo de mentalización diario.


Pero, a pesar de llevar adelanto en cuanto a la distancia, estoy tremendamente sofocado. El calor no lo llevo bien y las temperaturas están empezando a ser complicadas. Rebusco entre las calles de Sacedón buscando una tienda de chuches para pillarme un flash, que son baratos y refrescan mejor que un helado, hasta que encuentro un quiosco en el que los venden. Para mi sorpresa ... ¡son Burmar Flax! No tomaba uno de esta marca desde que era pequeño. Para mí siempre serán los originales, aquellos por los que llamamos flash a esta golosina congelada.


Repito flash porque sabe que te cagas y me espabila la boca, que la tenía muy muy seca, y me dispongo a buscar un sitio donde dormir. En la salida hacia Buendía encuentro una casa en obras y, aunque tengo que limpiarla de casquillos de ladrillo que hay en el suelo, es un sitio magnífico para dormir.


Me hago la cena y me preparo la cama. Anoche dormí con la sábana saco dentro del saco y hoy hago lo mismo pero, a media noche, me tengo que despelotar porque estoy sudando. Voy a tener que empezar a dormir casi desnudo.

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