VUELTA A ESPAÑA 04
Albaladejo - Iznalloz

La noche durmiendo al raso ha sido espectacular. El cielo estrellado y una luna resplandeciente me han quitado tiempo de sueño porque me he quedado embobado varias veces. Para solucionar las diferencias térmicas de principio y fin de la noche he dormido desnudo dentro de la sábana saco y solo me ha hecho falta jugar con la cremallera del saco para adaptarme a la temperatura exterior. Me pongo en marcha y, nada más empezar, a punto de entrar en Jaén, me pillan los dos únicos ciclistas de Albaladejo: Esteban y Cayetano.

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BITABI 04 Albaladejo 196 km 2465 m+ IR

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Con ellos de compañía disfruto de un inicio de jornada magnífico, con buena charla y buenas risas. Juntos ascendemos el Cerrillo Enroque comentando rutas cercanas de Cazorla y tengo el placer de pasar de golpe de la sosez y mala baba del personal castellano manchego a la acidez y buen humor de los andaluces, siempre dispuestos al bacile y a ponerle el punto de humor a cada frase. ¿Tan difícil es poner una sonrisa cuando se está con un desconocido por unos minutos? ¿Acaso nos va a pedir dinero? ¿Tan triste es la existencia para vivir continuamente amargados? ¡En fin!


Mis dos compañeros matinales siguen su ruta buscando algún puerto entre las sierras de Cazorla y Alcaraz y yo continúo por la carretera nacional en dirección a Úbeda, lo que debería ser mi final de etapa pero que, gracias a los 95km de adelanto que llevo, espero sobrepasar hoy con creces.


Ya me han avisado Esteban y Cayetano de que el terreno hasta Úbeda está salpicado de pequeñas tachuelas. La primera es el alto de Gutar, de cuatro kilómetros y medio al 4% en los que tengo el dudoso placer de comprobar que es aquello que me decían de que "en estas subidas te pica la mosca".


Impresionante el calor que hace ya a media mañana. Los 40ºC los voy a rebasar de largo en el día de hoy y la preocupación sigue siendo la misma de estos días atrás. En el descenso del alto de Gutar me meto en la población que da nombre al puerto y encuentro una fuente estupenda en la que llenar bidones y aprovechar para cocer espaguetis. Hoy es el cuarto día de ruta así que, de paso que estaré un buen rato aquí tirado, me pongo un pantalón corto, que es lo único de ropa que he traído, para poder lavar todo lo que tengo puesto y que se secará fácilmente al sol en unos minutos.


La parada se extiende algo en el tiempo y acuden dos paisanos con sus garrafas para llenar agua en la fuente. Ya me ha pasado varias veces esto de ver que la gente llena agua para llevársela a casa. Son jornaleros del campo y también aprovechan para desayunar fruta y embutido a la sombra. A diferencia del personal de infausto recuerdo de la comunidad que he dejado atrás hace poco, estos andaluces se relacionan conmigo con total normalidad, ofreciendo conversación y comida como si me conocieran de toda la vida. Hablamos de la crisis, de política vasca, de viajes, del agua, de material de montaña, de los olivos, ¡qué sé yo! Estamos una hora charlando sin parar y echando unas risas. ¡Si tampoco es tan difícil, ostias!


Abandono Gutar reconciliado con la especie humana y sigo por la nacional, más concurrida que las que he transitado hasta ahora, subiendo sin parar hasta llegar al desvío de Iznatoraf.


Obviamente, paso de subir hasta Iznatoraf pero me sirve para referenciar la subida. Es suave, pero el calor aprieta con fuerza y se me hace demasiado larga. Además, el agua ya está caliente y no veo el momento de encontrar algún sitio donde llenar los bidones.


Penando mucho por culpa del calor insoportable, llego hasta Torreperogil. En esta localidad inicio lo que se va a convertir en una costumbre en todos los pueblos por los que pase durante un montón de días: pedir agua en los bares. En Andalucía tienen todos unos grifos de agua fría junto a los de la caña de cerveza que es una maravilla y, unido a la falta de fuentes o a que el agua está caliente si las encuentras, esto me obligará a abastecerme en ellos. No me agrada demasiado tener que molestar, pero no hay otra. En muchos pueblos me encuentro los caños de las fuentes quitados porque la gente gasta agua municipal para ahorrarse el consumo doméstico y los ayuntamientos han dicho basta. Por lo menos, eso es lo que me cuentan y que, viendo en algunos sitios cómo llenan garrafas y garrafas, me lo creo totalmente. Es algo inconcebible aquí en el norte donde el agua, eso tan importante y sin lo que no se puede vivir, no es algo de lo que preocuparse. Por mucha crisis que haya, no me imagino a nadie cogiendo agua en la fuente que hay frente a casa para ahorrarse el gasto doméstico. Espero que nunca lleguemos a tal extremo.


En Úbeda vuelvo a comer en abundancia. En un supermercado me voy a coger una baguette de esas baratas para hacerme un bocata de salchichón pero tienen una oferta estupenda y la chapata está al mismo precio. Hoy no me apetece comer caliente y tiro de bocatas. También me cojo una palmera artesana de chocolate en la pastelería del supermercado por 0,60€. En Bilbao cuestan el doble. Es lo bueno que tiene vivir en uno de los lugares más caros de España que, cuando sales, todo me parece barato. Termino de comer y emprendo uno de los tramos en los que más he sufrido en toda mi vida.


Camino de Jódar, tengo que descender desde Úbeda, ciudad elevada, hasta el río Guadalquivir. Y luego desde él, volver a subir la otra ladera de igual forma que he bajado. El descenso es vertiginoso pero ... la velocidad que tomo me hace chocar contra el aire tórrido y me hace sentir como si me estuvieran asando en un microondas. En mi puta vida he sentido algo semejante, ni cuando abrimos el horno en casa para ver si el pollo asado ya está tostadito. El agua que llevaba en los bidones con unos hielos que me han puesto en un bar no ha durado potable ni el primer kilómetro de bajada y ya es caldo para escaldar huevos.


Con este panorama, la subida a Jódar es penosísima. El ritmo que llevo es bueno pero pensando que me la estoy jugando demasiado. Tengo que subir hasta el alto de la Cruz de Requena pero no me veo con ánimos ni de llegar a la mitad de la subida y de poder meterme en Jódar para pillar agua. Me cuesta respirar porque la boca se me cierra. La lengua se pega, los labios también, ..., y la nariz empieza a generar unos mocos secos y pegajosos producto de la humedad de la respiración que se condensa o algo así con el calor exterior. La sensación es angustiosa.


Llego a Jódar pensando en que este va a ser el final de la etapa de hoy y que voy a perder casi toda la ganancia que llevo. Casi no pierdo tiempo en buscar una fuente y voy directo a por una tienda de chuches para ponerme morado a flashes congelados. Pero son las tres y media de la tarde y no hay nada abierto. Es más, el pueblo parece desierto.


Atravieso la población por su calle principal y llego a la plaza del ayuntamiento y casi me da un patatús del alegrón que me llevo. Hay una fuente enorme con una especie de piscina que no voy a desaprovechar.


Me cuesta encontrar una sombra para apoyar la bicicleta y que no se me cueza, si es que no lo está ya, toda la comida. Y ahí que me meto con ropa y todo a darme un chapuzón. No he disfrutado tanto de un baño en toda mi vida.


Perfectamente refrescado, con más agua en el cuerpo que un camello después de repostar en un oasis del Sahara para cruzarlo de cabo a rabo, me siento de nuevo capaz de ponerme en marcha y seguir manteniendo la ganancia que llevo. No voy a llegar a Granada, pero poco me falta y, tras un pequeño paseo por las callejuelas de Jódar, sigo ascendiendo la Cruz de Requena casi a las seis de la tarde, dos horas después de tirarme a la piscina.


Sigue haciendo calor pero ya no es lo de hace un par de horas. Ahora lo puedo soportar y el agua me dura medio puerto más.


El paisaje mejora a cada paso y eso también me anima un montón. Aunque los olivares son una constante, la montaña jienense dibuja perfiles muy variados y resulta muy plástica, con unos contrastes preciosos.


Toda esta zona de la sierra de Mágina ya me la conozco de cuando estuve haciendo CIMAs por la zona. A mano derecha me queda Albánchez y toda la Pandera y es bonito recordar que estuve viendo un Barça-R.Madrid en un bar de la zona rodeado de forofos antes de acostarme en el Hilton.


Corono esta Cruz de Requena y un terreno ondulado me lleva por unos desfiladeros muy guapos camino de la siguiente cota: la Cuesta de Gallardos en los Barrancos de Toledo.


Camino de Guadahortuna, encuentro una gasolinera en la que me ducho completamente, esta vez con champú, gel, pasta de dientes, perfume. Aprovecho que tiene un cuarto de aseo hermoso y muy limpio y que me cabe la bicicleta dentro como para no dejarla sola durante largo rato.


Sigo subiendo y ya llevo varios kilómetros sin agua y llego al alto con cierta desesperación. Pero justo en la curva en la que se inicia el descenso a Guadahortuna hay un bar en el que me ponen hielos en el agua y, muy amablemente, me regalan un rato de conversación explicándome el terreno que me queda hasta Granada. No es mi intención llegar allí, pero me animan mucho diciendo que solo me queda una pequeña tachuela en Torre-Cardela y que luego todo es descendente.


La verdad sea dicha, no me esperaba estar casi en Granada. Eso significaría haber ganado una etapa entera en estas cuatro que llevo. De hecho, no lo veo factible aún porque no voy a Granada directo, ya que tengo que subir Puerto Lobo con anterioridad y hoy ya no va a poder ser. Esta jornada está teniendo multitud de subidas encadenadas, el calor ha sido exagerado y el desnivel acumulado empieza a ser importante. Ya empiezo a estar muy cansado.


Desciendo Torre-Cardela rumbo a Piñar y la bajada me anima muchísimo. El sol cae y con ello la temperatura y, por si fuera poco, un brusco giro hacia la derecha por una carretera recién asfaltada y con un rozamiento perfecto me sitúa con el viento, que lo llevo lateral en contra desde que salí de Bilbao, por fin favorable. Sopla bien y me da de culo, lo suficiente como para mantener los 40km/h sin demasiado esfuerzo durante media hora y avanzar hasta llegar a Iznalloz antes de que anochezca.


En Iznalloz busco un lugar donde poder dormir. Al ir metiéndome en la población, veo un cartel que indica la dirección de acceso a la estación de ferrocarril. Tengo tan buen recuerdo de la noche pasada en la de Soria que no me lo pienso y me voy hacia ella.


Está todo cerrado pero tiene unos buenos bancos sobre los que dormir bajo techo. Con mi colchoneta estarán perfectos. Este último arreón con viento favorable no solo me ha permitido mantener los 95km de ventaja sino que la he aumentado un poco más. Mañana acometeré la subida al Veleta, un día antes de lo previsto.


La noche es más cálida que las anteriores y ni siquiera necesito el saco. Con la sábana saco será más que suficiente. Solo unos perros me molestan algo al principio de la noche pero me duermo profundamente y ya no oigo ni una bocina en mi oreja.

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