VUELTA A ESPAÑA 07
Estepona - Arcos de la Frontera

Hoy es el día en el que me toca llegar al punto referencia del nombre del viaje: Tarifa. Tengo casi 25km hasta Torreguadairo en los que no me queda más remedio que seguir la A-7 y, para evitar semejante suplicio en la medida de lo posible, decido salir lo antes posible.

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BITABI 07 Estepona 215 km 2050 m+ IR

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Salir antes de las siete de la mañana ha sido todo un acierto porque apenas chupo tráfico en la autovía y, no menos importante, porque me quito unos kilómetros con algo menos de calor. Está amaneciendo y ya no hay quien pare.


La ruta costera, ya en la provincia de Cádiz, me regala otro de esos amaneceres espectaculares. Desde un pequeño mirador que hay antes de llegar a la playa de Torreguadairo disfruto embobado de la salida del sol por el mar.


Llego a Torreguadairo y decido comer lo único que me queda: un platazo de espaguetis. Me noto con debilidad y no espero a llegar a 50km como cada día para meterme un plato fuerte. Hay una fuente en la playa, junto a una caseta y unos columpios infantiles, y me tengo que meter junto a la pared que queda al abrigo del viento para que la llama caliente.


Hoy se me va a hacer duro, ya lo veo. El calor empieza a ser muy pero que muy sofocante. A ello hay que unirle la humedad costera que hace que me derrita y que empiece a sudar abundantemente, con una bruma dominante que hace que haya un bochorno fortísimo y con el viento de Levante que sopla a mi espalda y no me refresca nada. No, si casi era mejor llevar el aire en contra como todos estos días atrás.


Dejo atrás las urbanizaciones de lujo de la desembocadura del río Guadairo y los campos de golf de Sotogrande para adentrarme en la sierra Almenara esquivando la autovía de Algeciras. Agua en las fuentes para beber los pobres no habrá, pero para regar los jardines de estas mansiones y sus campos de juego parece que sobra.


Apenas son unos kilómetros antes de abandonar esta carretera que hace las veces de vía de servicio de la autovía para meterme por otra más escondida que me llevará hasta Los Barrios evitando la A-7.


Para salvar un par de colinas entre valles, la carretera no deja de subir y bajar. El primer alto que me encuentro es el de Haza de las Peñas, una pequeña tachuela que se me hace durísima porque me voy cagando y todo el campo está vallado porque hay ganado bravo por todas partes. No encuentro dónde detenerme para plantar un pino y encima voy sudando la gota gorda y sin nada que beber.


Afortunadamente, en una pista que se encamina a la entrada a una finca encuentro la salvación a mis problemas y defeco con ganas. Por aquí no pasa ni Cristo y casi me da igual. Llega un momento en que un buen apretón se convierte en una cuestión de vida o muerte.


Antes de llegar a Los Barrios, otra tachuela se interpone en mi camino: el alto de Hoyo Moreno. Completamente asfixiado, parece mentira que solo sean un par de kilómetros al 5%.


Por fin llego a Los Barrios y es hora de hacer la compra. Me meto en un Mercadona para coger comida para tres o cuatro días, con lo que eso conlleva para las alforjas, que las vuelvo a cargar hasta los topes ante la atenta mirada de la gente que alucina viendo cómo se puede meter tanto bulto en tan pequeño espacio. No hay como mi tortilla de patatas pero, por variar algo las comidas, me cojo una de esas precocinadas que tienen con cebolla por 1,69€ y que, aunque me la tenga que jalar fría, me servirá para hacer tres bocatas grandes con una barra de pan de 0,40€ y solventar la alimentación de hoy junto con una botella de litro de batido de chocolate por 0,80€.


Salgo de Los Barrios buscando un lugar donde poder comer tranquilo y que sea a la sombra. Creo que estoy batiendo mi propio récord de pedaleo con calor porque es tremendo el que hace. Para más tocar los huevos, no encuentro una puñetera sombra por ninguna parte. En mala hora he dejado atrás Los Barrios, me tenía que haber quedado en la puerta del Mercadona.

A lo lejos, veo una torreta en una pequeña carretera que sale a la derecha en una rotonda. Algo apurado ya del calor, bastante achicharrado, me meto por allí con la idea de comer a su sombra pero ... ¡es el Centro Penitenciario de Algeciras! Hombre, esa no era la idea que yo tenía de comer a la sombra y, tras charlar un rato con el guardia civil de la garita y pedirle disculpas por meterme por ahí, prosigo viaje hacia Algeciras.

Unos kilómetros después, sin ver dónde coño posar el culo para comer, llego a unas casas tipo chalets adosados y me siento en la diminuta sombra que da la pared junto a la puerta de uno de ellos. Mientras como el bocata de tortilla, sale el dueño para irse a trabajar y me saluda cordialmente ofreciéndome agua fresca, o lo que sea. Se lo agradezco un montón pero, como tengo el batido y él se va a trabajar al puerto de Algeciras, por no hacerle entrar de nuevo en casa, le digo que no hace falta. La verdad es que me habría muerto por un trago de agua fresca.

Se despide de mí el bueno del compadre diciéndome que ahí tengo un amigo para lo que sea si alguna vez regreso por estas tierras, muy parecido a los guadalajarianos, o como se diga, que me encontré por otros lugares y, una vez recogido el chiringuito y con el estómago a tope, me marcho para Tarifa por el puerto de El Bujeo.


Parece que, después de comer bien, he recuperado bastante las fuerzas y los seis kilómetros al 5% de El Bujeo no me cuestan demasiado. Y eso que necesito beber algo frío como sea y voy un poco acelerado. El alto de El Cabrito, que tiene su nombre muy bien puesto, interrumpe el descenso con otro pequeño tramo de subida.


Tras el alto de El Cabrito se encuentra El Mirador del Estrecho, una magnífica atalaya desde la que divisar África en días despejados pero que hoy, debido al viento de Levante y a la bruma que hay sobre el estrecho, apenas se aprecia. Algunos turistas que coinciden conmigo en el mirador se van apenados pero a mí no me importa demasiado porque tengo muy buenas fotos hechas desde aquí mismo de la otra vez que estuve.


Por suerte, en el mirador hay un bar y pido agua de esos grifos guapos que tienen de la que sale casi helada. Un bidón me lo bebo según me lo dan y les pido que me rellenen los dos que llevo para tener para unos metros de bajada, porque no creo que duren demasiado en estado potable. Aunque tampoco me hacía falta porque el descenso, con viento favorable y magnífica carretera, me hace alcanzar una velocidad que me llega a dar miedo y me lleva a Tarifa, el punto más meridional de Europa y destino de mi viaje.


El paseo por Tarifa, aunque haga un calor insoportable, es de lo más entretenido. Es uno de esos sitios que te traen a la memoria la de palos que se han dado por ellos los diferentes ejércitos de la historia.


Me acerco a la isla de Las Palomas por el puente de piedra que la une a la Península Ibérica con un fuerte viento levantino que levanta la arena de la playa mediterránea haciendo que pique bastante en la cara.


El paso a la fortaleza de la isla está prohibido y los numerosos visitantes que nos agolpamos en la entrada tenemos que conformarnos con una visión de la costa africana mucho más clara que la que había desde El Mirador del Estrecho en el alto de El Cabrito.


El sitio es guapo guapo de verdad, de esos que tienen algo que los hace especiales. Espero un rato a que unas giputxis dejen de hacerse fotos en los carteles de los mares para poder hacerlas yo también, pero sin gente.


Tras un buen rato disfrutando en el punto más meridional de la Europa continental, vuelvo a cruzar hacia Tarifa oyendo a más gente hablar en euskera que en castellano. Por lo que se ve, los vascos somos una amplia mayoría.


Hace mucho que tengo mucha sed y busco un bar por las calles de la parte vieja con la esperanza de que alguien me llene los bidones. De esta forma, tengo oportunidad de contemplar el puerto y el Castillo de Guzmán "el Bueno".


Me meto en un bar y lo regenta una italiana que pasa de echarme agua gratis del grifo y a la que mando educadamente a tomar por el culo.


Muy sofocado por una temperatura que hace tiempo que ha rebasado con creces los 40ºC, encuentro otro bar en el que me llenan los bidones sin problema y en el que, además, los aderezan con hielos deseándome que me duren un poco y que tenga buen viaje.


Abandono Tarifa. He cruzado la Península Ibérica de norte a sur y empieza mi viaje de vuelta a Bilbao. A partir de aquí, la ruta se vuelve algo dantesca. El calor del valle del Guadalquivir me espera con los brazos abiertos para darme un caluroso abrazo, o dos hostias, quién sabe.


Camino de Vejer de la Frontera, el aire se me vuelve a poner en contra y mantengo una velocidad media ridícula bajo el intenso sol. El GPS empieza a volverse loco y los mapas no se actualizan y lo más espectacular de todo es que no puedo agarrarme al manillar porque está ardiendo, literalmente. La cinta se derrite y se me queda pegada a las manos. Lo tengo que ir forrando con cinta aislante para evitar quedarme solo con la barra del manillar a pelo. El agua del bidón no se puede beber pero ni siquiera me la puedo tirar por encima porque me quema la cara. A medida que me adentro en el valle del Guadalquivir, la temperatura se dispara por encima de los 50ºC. Lo paso realmente mal.


Llego a la localidad de Taravilla como quien llega a un poblado de Nuevo México después de que Clint Eastwood le abandone a su suerte en el desierto blanco. Las calles están desiertas, no se ve un alma. Me tiro de cabeza a la fuente y, aunque el agua sale templada, tengo que beber y bebo. Completamente vestido de ciclista me quedo sentado en el interior de la fuente con el grifo abierto sobre la cabeza. La piedra quema y casi no me puedo ni apoyar en ella. De aquí no me muevo, pienso.


Pero llega un momento en que ya no soy capaz de beber agua tan caliente y, a riesgo de que me de un patatús por el camino, decido intentar llegar a Vejer de la Frontera. Son más de 20km pero espero encontrarme alguna venta por el camino donde poder pedir ayuda.


Y sí, me voy encontrando ventas pero... ¡todas abandonadas! Y no me extraña. Aquí no hay quien viva ¡coño!


No sé cómo lo consigo pero acabo llegando a Vejer de la Frontera y en un bar de carretera me dan agua con hielos y casi me como a besos al camarero. Creo que no he bebido agua con tal ansia en mi vida y veo muy difícil que me vuelva a ocurrir algo parecido. ¡Ay, seré ingenuo! ¡Esto acaba de empezar!

Decidido a cambiar de ruta para llegar a Sevilla porque paso de meterme en Cádiz y estresarme como en la costa malagueña por la autovía que viene ahora, opto por tomar la vía interior en vez de la costera. Es difícil comprobar en el GPS cuál es la ruta que me conviene, así que entro en la gasolinera del cruce de Medina Sidonia para pedir un mapa y apuntarme las localidades de paso.

Con la nueva ruta clara, empiezo a subir el Monte Mateo. Cuando estoy a punto de coronarlo, se me pincha la rueda delantera. Pero cuando me dispongo a cambiar la cámara ... ¡oh, qué es esto! No he pinchado sino que se ha fundido la cámara y está pegada a la cubierta. 


Me tiro en el arcén en la única sombra que encuentro después de andar cien metros en busca de una. Menos mal que ya está cayendo la tarde y el sol empieza a estar bajo y las sombras son alargadas porque no me imagino lo que podría haber sido quedarme tirado al sol. Para colmo, se me jode el enganche de la bomba de mano y apenas puedo meterle presión a la rueda y me acuerdo de los putos cartuchos de CO2 y que en qué puta mala hora decidí no comprarlos.

Tengo dos opciones: o bajar hasta la gasolinera de Vejer o hacer los quince kilómetros que me quedan a Medina Sidonia, donde espero que haya una. Bueno, sé que hay una en la rotonda de abajo pues ahí es donde empezaba el CIMA, pero igual me encuentro alguna antes, pienso. Con esta idea, decido seguir adelante.


Con una presión en la rueda delantera que no creo que llegue ni a los dos kilos, que si me pongo en pie sobre la bici golpeo la llanta con la carretera, evitando cualquier chinita que me encuentro, llego a Medina Sidonia al atardecer.

En una rotonda previa a mi llegada a la gasolinera, antes de iniciar una pequeña subida, me encuentro a un paisano vendiendo higos chumbos sentado en una caja junto a su motocicleta. Me ve llegar y me dice que me deja una bomba que tiene para hinchar sus ruedas pero claro, tengo la gasolinera a tres kilómetros y ya no me trae a cuenta. Al comentar el calor que tenemos, me enseña un termómetro de mercurio de esos que están en una tablilla de madera y me dice que a las cinco de la tarde pasaba de la raya máxima de 50ºC por unos cinco o seis más, que nunca había visto nada parecido, que ya esta mañana había una farmacia en el pueblo en la que marcaban 42ºC a las diez. ¡Impresionante!


Dejo al paisano tan feliz en su rotonda y llego a la gasolinera de Repsol. Voy a echar aire y lo flipo: la máquina del aire va con monedas. ¡Ya lo que faltaba! Vamos, que le pillo al gasolinero y que le digo si es una broma o qué. Menos mal que se enrolla el tío y saca una manguera para poder meter aire manualmente desde un tubito auxiliar.

Salgo de allí, se está haciendo de noche, podría quedarme a dormir por aquí pero ya tengo las ruedas en su punto y me da por pedalear. Una tachuela de un kilómetro al 5% precede mi llegada a Paterna de Rivera, donde decido quedarme definitivamente.


En Paterna hay un jolgorio del copón. Ya de noche, encuentro un quiosco en el que me pongo hasta el culo de flashes a diez céntimos, uno tras otro. Mientras, los chavales pasan con sus coches con las ventanillas bajadas y la música de Camela y similares a tope. ¡Ostras, es viernes!

Hago la llamada diaria a casa y le digo a Amaia que estoy por seguir de noche, como hice en la Vuelta a Portugal de hace unos años en varias etapas. El paisaje es horroroso y el calor por el día no hay quien lo aguante, no me voy a perder nada.

Pero me da miedo seguir. Son demasiados los tipos que veo con el chunda-chunda en el utilitario tuneado con alerones y llantas deportivas. Me da palo tirar para la carretera y que me pasen mamados a toda ostia.

Pero llega un momento en que me animo y, ya que tampoco voy a poder descansar en este pueblo con semejante alboroto, tiro hasta llegar a Arcos de la Frontera en una rutilla nocturna de 30km muy tranquilos, con un par de subiditas y sin apenas tráfico que me moleste. Se ve que los tipos estos llegaban al límite del pueblo y se daban media vuelta para volver a pasar fardando antes las chavalas.

El GPS me muestra un centro comercial a la entrada de Arcos y para allá que me voy. Hay un buen techo en la zona de tiendas y, en la puerta de los cines, tiro mi colchoneta. No hace falta nada más, se podría dormir en bolas.

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