VUELTA A ESPAÑA 09
Las Pajanosas - Aljucén

Las seis de la mañana y toca el despertador. No he tenido mayor problema esta noche. Me quedé dormido sin darme cuenta y no he necesitado saco ni nada parecido. El plan del día resulta incierto. Me gustaría llegar a Mérida y mantener el día de ventaja que llevo pero este puto calor me está dejando baldado. Casi empiezo a dar por bueno hacer estas cinco etapas que me quedan en seis días. Bueno, daría por buena cualquier cosa que significara llegar a casa.

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BITABI 09 Pajanosas 190 km 1750 m+ IR

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Ya de entrada, me toca hacer un par de subidas para cruzar Sierra Morena antes de entrar en Extremadura. La carretera me lleva por el paso natural entre varias sierras. La de Aracena luce a mi izquierda, la sierra Norte sevillana a la derecha y la sierra de Tudia frente a mí.


Lo que estos días atrás esperaba con gusto, ahora espero con miedo: la salida del sol. La temperatura se dispara en cuanto asoma y no hay quien pare a partir de ese momento.


Pero Amaia ya me alivió anoche diciéndome que la alerta roja pasaba a naranja y parece que se está cumpliendo. Hace mucho calor pero parece que se puede respirar.


Sin mucho esfuerzo, llego al alto de Puerto Blanco. La pendiente casi no es ni como para llamarlo puerto. Aunque la vertiente opuesta tiene algo más de fuste hasta descender al cauce de la Ribera de Huelva.


Como siempre, bajar al cauce de un río significa subir la otra ladera. Y así sucede, toca subir alto de Palancar, más arriba de El Ronquillo, otra tachuela previa a la entrada en Extremadura.


Inmediatamente, se cambia de provincia andaluza para tocar Huelva durante unos pocos kilómetros. Los nombres me suenan, Aracena queda cerca.


Solo una pequeña tachuela en Santa Olalla del Cala se interpone en mi suave travesía hacia Extremadura. Empiezo a animarme. Cada veo más lejos el sufrimiento padecido junto al Guadalquivir y estoy por dar saltos de alegría al abandonar su cálido valle.


Dejo atrás Huelva y, por extensión, Andalucía. Han sido varios días por su territorio con fortuna desigual. Pero ha habido una constante: el intenso calor. En todas las jornadas he estado muy por encima de los 40ºC. Ha sido durísimo.


Saltando de un lado a otro de la A-66, me acerco a Monesterio con el ganado vacuno por todas partes. Apenas veo reses bravas y eso me llama mucho la atención.


Otra suave subida me lleva al pueblo pacense. Son poco más de seis kilómetros al 3% que me sirven para terminar de hacer hambre y para agotar mis reservas de agua.


Esta vez llego a Monesterio sin intención de concluir con la subida al monasterio de Tentudia, del cual veo la señalización en la rotonda anterior a mi llegada al pueblo.


Monesterio es localidad de paso del Camino de Santiago de la Vía de la Plata y eso se nota. Entro buscando agua y, ante la imposibilidad de encontrar una fuente, les pregunto a un grupo de mujeres por una. No hace falta. Inmediatamente se organizan para darme una botella de litro y medio de casa. Ante tanta amabilidad me veo obligado a decirles que yo no soy peregrino porque me siento como si fuera un farsante, pero da igual, están acostumbrados a ver a alforjeros y caminantes y están dispuestos a ayudarme.

Ya con agua para beber y para cocinar, me tiro en una plazoleta para cocer un espaguetis ante la atenta mirada de unos cuantos viejillos que no paran de darme charla. Me preguntan por las bombonas, por la ruta, por el dormir, ... Como digo, se nota que esta gente está más acostumbrada a ver foráneos y el trato es muy cordial. Además, el extremeño siempre ha sido un pueblo emigrante y abierto al mundo, muy diferente a otras gentes mucho más cerradas. De hecho, uno de ellos tiene a sus hijos viviendo en Basauri y acaba de regresar de pasar unos días allí.

En la plazoleta coincido también con otros cuatro alforjeros que sí están haciendo el Camino de Santiago y que también se dirigen a Mérida. Uno de ellos, como primer saludo, me pregunta: "¿Qué tal ayer?" Y es que ayer fue terrible. Ellos prefirieron dejar la bicicleta aparcada por un día, tal vez lo que debería haber hecho yo también.


Tras la parada larga de cocina, me vuelvo a poner en marcha. El camino que me queda hasta Mérida es totalmente favorable. Solo estropea el día el tema del aire, que lo sigo llevando lateral contrario como todos los días. Pero hoy es más flojo y no me molesta casi nada.


Sigo la Vía de la Plata paralelo al ferrocarril por un lado y a la autovía por el otro. Aunque hoy no es como ayer, también hace mucho calor y me voy quedando con los bidones inservibles. Camino de Almendralejo, encuentro un apeadero de Adif junto a la carretera donde poder encontrar agua.


Allí me estoy cerca de una hora charlando con el revisor aprovechando la buena sombra. No tengo prisa. La ausencia de dificultades orográficas en lo que resta de jornada me permite llevar una media muy buena sin apenas esfuerzo y los kilómetros caen con más rapidez de lo que caen normalmente.


La charla que el revisor es más bien desesperanzadora. Hablamos sobre la crisis y de lo mal que lo tienen sus hijos, con edades cercanas a los treinta, con estudios superiores y sin perspectivas de tener un empleo acorde a su extensa formación. Solo queda emigrar, como hacíamos antes, me dice.


Siguiendo el curso del tren, llego a Almendralejo casi a las cuatro de la tarde. Al pasar junto a la estación, oigo la tele y me entero de que va a empezar la final de baloncesto de las Olimpiadas de Londres entre España y Estados Unidos. No tengo contacto con la realidad desde hace más de una semana y, como solo me quedan 28km hasta Mérida, decido quedarme a verla.


El presupuesto se me dispara tres euros por dos cocacolas que me tomo, una por cada tiempo. Las dos horas del partido se me pasan volando y me sienta de cine haber desconectado, aunque solo haya sido un ratito, del tema bicicletero.


Después de disfrutar de un partidazo de baloncesto, de la clase de Gasol y Durant, llego al río Guadiana, el otro gran río que me faltaba. Por unos pocos kilómetros no lo vi nacer en Ciudad Real, aunque sí tuve contacto con uno de sus principales afluentes: el Záncara.


Mérida tiene un reclamo turístico muy grande y me voy directo al anfiteatro romano y a sus famosas ruinas. Pero cobran entrada y, como muchos curiosos que pasamos de pasar por caja, saco un par de fotos por un hueco de la valla que son suficientes como para ilustrar el momento. Las buenas ya las veré en Internet porque por unas piedras que son de todos no pagaré nunca.


Ya tengo la etapa hecha y solo son las siete de la tarde. Mucho más animado que ayer, vuelvo a pensar en la idea de ganar un día a la vuelta y decido seguir el viaje. Es difícil, me queda una kilometrada si pretendo hacerla en tres días, pero la cabeza empieza a carburar y no lo puedo evitar.


De nuevo en ruta, de nuevo en mi carril bici particular, con todo el tráfico por la autovía y la carretera nacional exclusiva para mí, con el cuentakilómetros puesto a cero con la idea de ir restando de la etapa de mañana, con una temperatura más humana que me permite pedalear sin agobios, sigo sin saber dónde terminaré hoy.


Estas tierras ya las conozco. La sierra de Montánchez va quedando a mi derecha y, mientras la contemplo desde la distancia, una sombra es mi única compañía.


Llego a Aljucén sin agua, como siempre. Me desvío de la carretera para meterme en sus calles y buscar una fuente. Como casi siempre también, no hay fuentes y me tengo que meter en el bar del pueblo para pedir agua.


Y de nuevo me siento como un farsante puesto que todos me tratan como si fuera un peregrino, dispuestos a ayudarme con cualquier cosa. Como está anocheciendo, decido quedarme a dormir junto a la iglesia y así se lo comunico a medio pueblo que me desean que tenga buena noche y que descanse. ¡Y hay gente que me pregunta si no tengo miedo de dormir en la calle!


El atardecer que puedo disfrutar desde mi colchoneta es precioso. Me hago la cena mientras una pandilla de chavales se arremolina junto a mí. Debe ser también su rinconcito y, como yo soy el extraño invasor, no me veo en posición de pedirles que me dejen dormir.


Ahí se quedan un buen rato, algunos dándose sus primeros besitos, más próximos a los que una madre da a sus hijos que a los que se dan en una pareja. Otros, los desparejados, se miran con timidez o se dedican a ver vídeos por el móvil. Tiempo tendrán. Anochece y se van todos. Por fin puedo dormir.

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