Reserva de Cameros

Esta noche ha hecho un frío de cojones en el coche. He dormido en Anguiano, desde donde tenía pensado hacer una brevet de 200km con más de 4.000 metros de desnivel positivo acumulado, pero a las seis y media hace tanto frío que no me atrevo a salir. Para colmo, no he caído en la cuenta de que aquí las diferencias térmicas entre el día y la noche son demasiado grandes y solo me he traído un culot corto, como para quedarme pajarito en los primeros kilómetros. Con este panorama, decido acortar algo la ruta empezando ya desde la misma base de Valvanera.

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Reserva de Cameros Valvanera 115 km 2600 m+ IR


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Aparco el coche en un rellano que hay frente al inicio de la subida al Monasterio de Valvanera y salgo del coche vestido de ciclista, lo justo como para darme cuenta de que así no voy a poder bajar esos cinco kilómetros. Hace tantísimo frío que decido ponerme la ropa de calle por encima de la de ciclista y, de esta guisa, subir al monasterio.


A las siete de la mañana ya hay luz suficiente y empiezo a subir congelado. El sol parece querer meterse en este estrecho valle y, como es natural, tarda en hacerlo.


Son solo unos pocos metros los que están al sol y los aprovecho al máximo, reduciendo la velocidad al pasar por ellos para intentar calentarme algo, cosa que no consigo.


La subida es fácil y llego arriba con el único problema de ir evitando los enganchones del pantalón de chándal con la cadena de la bici. Se me están pasando un montón de cosas por la cabeza y ninguna es buena.


Llego al coche tiritando del frío que hace, y eso que voy forrado con ropa de ciclista y ropa de calle (chándal y sudadera) por encima. Me meto en el coche, enciendo la calefacción y decido acortar la salida de hoy, quitando puertos, para poder salir más tarde. Necesito que temple un poco como para poder salir con el culot corto.


Espero hasta pasadas las nueve de la mañana para salir, y lo hago rumbo al puerto de Montenegro. Tengo muchas ganas de recordar estos puertos, que los hice hace ya demasiado tiempo y no los tengo muy presentes. Al pasar por Viniegra de Abajo, un termómetro marca 0ºC, lo que me indica que he tenido que subir a Valvanera con una temperatura negativa y que la noche ha tenido que ser heladora. Mis sensaciones físicas eran ciertas.


Empiezo a subir este largo puerto y, por lo menos, dejo de tener esa sensación tan molesta de frío intenso y puedo disfrutar más del entorno.


Esta vertiente tiene mucho atractivo, con diferentes partes muy diferenciadas. La última, con las vistas del valle bien despejadas, me regalan unos picos nevados que la hacen más interesante.


Sigue haciendo fresco pero la temperatura ya no es ni parecida. Se está bien, que ya es mucho. La parte final es la más dura y también ayuda a entrar en calor definitivamente.


Corono el puerto de Montenegro y me asomo a la vertiente soriana, mucho más monótona que la riojana y con muy poquita vegetación.


El descenso es frío pero, al no ser demasiado largo, no termina de enfriarme. Llego a Montenegro de Cameros con ganas de subir Santa Inés y recordar cómo era su trazado, que me viene bastante a la memoria.


La subida es muy cómoda, con pendiente fáciles que hacen que se pueda disfrutar mucho del entorno mientras se va ganando altitud.


Se ve mucha nieve por las cumbres y en el collado hacia el cual me dirijo. A medida que voy ganando altitud, empieza a entrarme un incómodo y helador aire de cara.


Ya en los últimos kilómetros, la nieve hace acto de presencia en las cunetas y el aire es gélido, como si me encontrar en el interior de una nevera.


Hasta que llego al puerto de Santa Inés y el aire que pega desde la vertiente sur me deja tiritando. Quería seguir hasta Vinuesa y regresar por las Lagunas de Neila pero este frío me invita a cambiar de planes.


Me protejo un poco del aire entre los coches aparcados junto a las pequeñas pistas de esquí del alto para decidir si finalmente cambio el plan de ruta, y así lo hago. Hace demasiado frío como para tirar para Soria y opto por volver al coche por la vertiente que no conozco del puerto de Peñahincada.


Rápido descenso y, de nuevo en el valle, recupero las sensaciones con el frío del alto tras de mí. Creo que ha sido una buena decisión esta de cambiar de planes.


Unos cuantos kilómetros de suave descenso me dejan en el inicio de Peñahincada por esta vertiente de Villanueva de Cameros.


Un inicio tranquilo y suave me acerca al embalse de González de Lacasa, el cual bordeo durante un rato disfrutando de las vistas que regala.


A partir de ahí, un desvío hacia Ortigosa de Cameros y a seguir subiendo poco a poco. Esta zona es un nido de sorpresas, con unos pueblos muy chulos embutidos entre montañas.


Salgo por una carretera de montaña llena de baches, cubierta de empastes de alquitrán de esos tan botosos pero que, en subida, tampoco molestan demasiado.


El trazado de Peñahincada por esta vertiente me parece maravilloso. Me recuerda a muchos puertos pirenaicos, lleno de praderas verdes más propias de otras latitudes.


Poco a poco va cogiendo entidad la subida y los porcentajes se van incrementando. Se entra en una zona de herraduras preciosa, de manera que el trazado de la carretera se va viendo a medida que se gana altitud.


Esta vertiente no tiene la misma dureza que la de Brieva de Cameros pero me está gustando muchísimo. El paisaje no tiene nada que ver y contrasta su vegetación con la aridez de la otra vertiente.


La parte final se vuelve algo más cerrada, con un último kilómetro transitando por el bosque. Al final, el día me regala una bonita tarde y ya no hace frío. Es más, empieza a apretar el calor de un sol que me pega de lleno, haciéndome sentir esa ligera sensación de insolación de un sol primaveral castigando la cabeza.


Corono Peñahincada en un collado con cartel que da paso a un kilómetro llano desde el que se tienen unas vistas espectaculares de toda la montaña de esta sierra de Cameros.


Los recuerdos de mi etapa de cimeador se agolpan en mi cabeza. Recuerdo a Amaia esperándome en esta explanada con el teleobjetivo apuntando a un chiflado que venía en bicicleta apuntándose cimas y cimas in apenas parar para comer. Eran otros tiempos y aquella preparación express es la que hoy me permite disfrutar tanto de cada puerto, de una forma mucho más sosegada.


No puedo evitar detenerme en el descenso para disfrutar de este paisaje tan brusco. Peñahincada ya me llamó muchísimo la atención cuando viene por primera vez y aún lo consigue. Me parece el mejor puerto riojano de largo.


La etapa no ha sido demasiado larga pero sí que he podido disfrutar de cuatro puertos que ya ni recordaba. Esto de volver a las zonas que ya tengo hechas me gusta mucho porque las veo de otra manera y separando la paja del trigo. Haber hecho tanto es lo que tiene, que ahora puedo escoger con conocimiento de causa.

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