Tras la Gent-Wevelgem

Hoy comienzo las vacaciones de Semana Santa en el Benelux. He diseñado unas cuantas etapas siguiendo recorridos comunes en parte con las clásicas de primavera, buscando enlazar todos los BIGs de la zona. El viaje ha sido largo y, como siempre en estos casos, condiciona un poco la primera jornada.

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Tras la Gent-Wevelgem Hazebrouck 84 km 750 m+ IR

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He llegado a Hazebrouck a las tres de la madrugada, con un frío de no te menees, tanto que me ha salido a cuenta preparar la cama y he dormido unas horas antes de ponerme un buen desayuno. Está muy nublado y no se ve nada pero eso no es lo que más me preocupa. Daban buenas previsiones meteorológicas para esta semana y he cometido el grandísimo error de meter solo un culote de verano. Empiezo a rodar con las rodillas heladas.


La primera en la frente. Voy siguiendo el track que he metido en el GPS pero me encuentro con unas rotondas en obras a la salida de Strazeele y tengo que buscarme la vida en otra carretera diferente a la que quería coger, pasando por Merris y estirando la etapa unos cuantos kilómetros antes de entrar en Bélgica por una carretera con muchísimos baches.


Voy por vías muy estrechas en todo momento y no se ve una castaña. Apenas llevo veinte kilómetros y ya me estoy arrepintiendo de haber elegido esta zona para pedalear en Semana Santa en vez de haberme ido a hacer BIGs al sureste francés. En Niza, Mónaco, ..., se tiene que estar de cine en estas fechas. Con un pequeño claro, llego al inicio de la primera tachuela: el Kemmelberg.


Estoy muy impaciente por ver qué tipo de subidas voy a encontrarme durante estos días. Hay un cartel ciclista en la entrada del camino y se observa el dichoso pavé, algo que no me gusta nada.


La pendiente es fuerte pero se acaba tan rápido que no da tiempo ni a calentar. Parece que arriba no hay nubes, y eso que solo he subido unos pocos metros. Con un poco de suerte, igual levanta la mañana y puedo disfrutar un poco de los paisajes.


Todo lo que sube tiene que bajar y, para mi pesar, por una pista de pavé en la que te vas dejando los dientes. Acabo de catar la primera subida y esto es una mierda. Me lo voy a tomar como un entrenamiento rodador para otras cosas porque esto no va con lo que yo entiendo por cicloturismo de puertos.


En el descenso me encuentro con un par de ciclistas y tras ellos hago un par de kilómetros. Nos cruzamos con varias grupetas y aquí no saluda ni cristo, algo que me llama mucho la atención en una zona de tanta afición ciclista.


Voy camino del Rodeberg y los ciclistas que me preceden se van quedando en cada pequeño repecho que hay antes de llegar a su base. Se nota que son rodadores porque en el llano van a saco pero luego se quedan trancados en un pírrico 3%. Me llama mucho la atención esta forma de andar en bici que tienen.


Empiezo a subir esta tachuela del Rodeberg y hay un grupo que me lleva unos metros y, sin cambiar yo el ritmo para nada, ni pretenderlo ni nada, los paso como si fueran andando. Yo no entiendo nada.


Esta misma grupeta me pasa en el llano como si fuera una locomotora. Van todos dándose relevos como descosidos y les veo alejarse en un santiamén.


Dejo atrás la frontera y vuelvo a entrar en Francia para subir los dos BIGs que me quedan de esta zona. El Mont Noir es el primero, una rampita de nada que llega a un camping y que no me ofrece vistas, ni esfuerzo, ni nada de nada. Menos mal que ya venía con pocas ilusiones porque me está defraudando más de lo que pensaba.


Me quedan unos quince kilómetros para plantarme en la base del Mont Cassel. La mañana va pasando y la temperatura ya es buena, aunque hace fresco en las sombras y no me sobra nada de lo que llevo puesto. Me estoy aburriendo bastante porque no encuentro nada curioso que llevarme a los ojos.


El Mont Cassel aparece delante de mí y casi me da la risa en cuanto lo veo. La subida a Enekuri le da mil vueltas a eso. Empiezo a pensar que, para hacer kilómetros, más me valía haber diseñado unas etapas por Valladolid.


Con esta mierda de subidas que tienen en esta zona no me extraña que las endurezcan con pavé. Unos pedrolos de la hostia hacen que se me salten los tornillos de la bici mientras voy ascendiendo a la loma.


En cuanto llego a Cassel, me meto por una callejuela estrecha que tira para arriba, con intención de llegar al punto más alto. Por suerte, no hay pavé en ella y puedo rodar a gusto.


Hasta que se llega a un pequeño parque con un mirador. La vista que tengo desde él es desoladora, pudiendo observar una planicie tremenda que no me atrae para nada.


Me quedan quince kilómetros o más hasta llegar de nuevo al coche. El primer sector concluye con la esperanza de que otras zonas me deparen algo más de interés porque, lo que es ésta, ha sido muy muy muy decepcionante.

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