La sierra de Aitana

Playa, piscina, gimnasio, ..., pero la bici me la he traído y habrá que hacer algo con ella para justificar el espacio que ha ocupado en el coche. Repaso un poco el mapa de Alicante para planificar una ruta y acabo escogiendo la opción más cómoda, la que me permite salir de Benidorm sin tener que desplazarme en coche y con un kilometraje corto para estar en la mesa a la hora de comer.

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La sierra de Aitana Benidorm 80 km 1600 m+ IR

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No apetece madrugar mucho en vacaciones y, aunque siempre salimos pronto, las nueve de la mañana ya es un poco tarde para una ruta por el secarral.


Para llegar a Finestrat hay un tramo de rotondas con bastante tráfico. Me meto por el Centro Comercial La Marina, que lo tengo dominado de estar haciendo las compras todos estos días.


He partido de cota cero y tengo que superar los mil metros de altitud en el puerto de Tudons. Son muchos kilómetros de subida pero, salvo algún repecho más o menos fuerte, la pendiente es muy suave.


Empalmo con la carretera de Orxeta, donde empecé este puerto CIMA hace cuatro años. Recordaba esta zona muy árida, pero no tanto.


Pero llego a Sella y, a partir de ahí, transito entre pinos, con ese olor característico de estos bosques mediterráneos que refrescan algo el ambiente. El calor es insoportable y busco las sombras con cierta desesperación.


Me cruzo con bastantes ciclistas, todos ellos viniendo de la cima. Hay mucho turisteo en la zona y estos puertos son la mejor opción para salir a pedalear.


Llego al puerto de Tudons y, aunque llevo menos de cuarenta kilómetros, estoy bastante fatigado. Me como los dos plátanos que me he metido en el bolsillo trasero y me acerco a la valla que cierra la carretera que sube a la base militar de Aitana. Hay un interfono y decido pulsarlo para pedir permiso para subir, aunque me lo niega de forma un tanto brusca el soldado que me contesta.


Desciendo rápidamente hasta el cruce de Benasau, desde donde emprendo la subida al puerto de Confrides, o puerto de Ares según los mapas de carreteras.


El sol me castiga de manera brutal y no puedo beber nada porque el bidón arde por dentro. Intento pegar un sorbo pero antes tengo que soplar como con la sopa.


La subida no es muy larga pero a mí me resulta interminable. No hay una sola sombra bajo la que cobijarse mientras el sol pega de plano con toda su mala baba. Voy a pillar un moreno más cañero en una mañana que en varios días de playa y piscina.


Corono el puerto en ausencia de carteles e inicio el descenso con ganas de llegar a Confrides para encontrar algún sitio en el que coger agua fresca.


No encuentro ninguna fuente, algo que ya esperaba, y entro en un bar con pinta de no tener muchos clientes desde hace mucho tiempo. Entablo una pequeña conversación con el camarero que casi me suplica que haga algún gasto, cosa que no me apetece y me limito a pedirle que me llene el bidón con agua del grifo.


En cien metros tengo el agua hirviendo, como para desinfectar las ruedas de la bici con un lavado rápido. Hay que descender hasta el mar y los dos o tres repechos que hay antes de llegar a La Nucia me parecen puertos alpinos.


La mañana ha resultando tremenda con una salida de solo ochenta kilómetros y sin llegar a los dos mil metros de desnivel. Me vienen muchos recuerdos de mi cimeada por estas tierras hace cuatro años y de algunos momentos críticos en los que tuve que pedir hielos en los bares. Ya no soy el que era ni por asomo. Los años no pasan en balde y cada vez acuso más los extremos, tanto el frío como el calor, y qué decir de la falta de sueño. ¡Me estoy haciendo mayor!

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