Montañas de Prades

La noche ha sido dura. Después de una petada como la de ayer, me he pasado un montón de horas en vela porque me ardían las piernas. Por suerte, amanece lloviendo y me puedo quedar un poco más mirando cómo caen gotas por las ventanillas. Ya ayer decidí hacer una etapa más corta, así que tampoco es que tenga mucha prisa por salir.

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Montañas de Prades Montblanc 110 km 2200 m+ IR

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Deja de llover y salgo a las diez de la mañana. Aunque chispee un poco, la temperatura es tan agradable que no importa lo más mínimo.


La jornada comienza con un sube y baja a Rojals. Es una subida que, en su día, me gustó tanto que me apetece mucho repetirla.


Tras un kilómetro casi llano, empiezo a subir con porcentajes cómodos. Recordaba que este puerto era chulo pero me está decepcionando mucho. Hay puertos que ganan en las revisiones pero éste está cayendo en picado. Tal vez el día le esté jugando una mala pasada.


Voy ganando altitud suavemente y obtengo unas grandes vistas de la llanura que hay camino de Lleida. Por arriba la cosa no pinta demasiado bien, ya que se está cerrando la niebla y no voy a poder ver demasiado.


Son una docena de kilómetros que me ponen por encima de los mil metros de altitud. En Rojals no se ve un alma. Hay tres o cuatro coches aparcados y cruzo la única calle que hay para seguir una pista asfaltada que me lleva al punto más alto.


Desciendo de nuevo a Montblanc y, sin pasar por el coche para no rajarme tan pronto, me encamino a L´Espluga de Francolí. El viento sopla de cara con una fuerza tremenda que me impide disfrutar lo más mínimo.


El esfuerzo sobre el sillín para superar estos cinco míseros kilómetros contra el viento hace que me salga llaga en el culo y no lo soporto. Estoy por volverme al coche pero hay algo que me hace seguir.


Me planto en el inicio de Prades como por inercia. Reviso el GPS y tengo forma de atajar una vez solventada esta subida. Eso me anima mucho y, a pesar de la fuerte molestia del culo, empiezo a dar pedales rumbo a la niebla.


Los primeros kilómetros combinan subidas muy suaves con enormes descansos. La pendiente no supera nunca un cómodo 4-5% y eso hace que vaya haciendo casi sin darme cuenta.


Hasta que llego a un trazado espectacular, lleno de curvas reviradas que permiten ver lo que se lleva ascendido en un valle selvático más propio de otras latitudes.


Me adelantan varios moteros, todos ellos muy respetuosos, y unos cuantos coches de rally que también me pasan a poca velocidad. Estamos todos disfrutando de este trazado tan divertido.


Casi sin darme cuenta, llego a los últimos kilómetros de este largo puerto que está cerca de la veintena. El cambio trasero me empieza a hacer extraños y no entra con suavidad. Ya me ha pasado más veces, así que creo que el cable se va a partir en breve y minimizo en lo posible el número de veces que le doy a la maneta.


Nada más coronar el puerto de Prades, al bajar piñones para subir la velocidad de descenso, el cambio deja de funcionar. Llevo cable de repuesto y no me preocupa, pero decido esperar a llegar a Prades para cambiarlo sentado en algún lugar con más comodidad que en el arcén de la carretera.


Llego a Prades y hace fresco como para estarse parado. El terreno es favorable y, viendo que se está despejando para donde me dirijo, decido esperar a cambiar el cable en un lugar más calentito. Por suerte, es el cambio trasero y se me ha quedado en un piñón cómodo para jugar con los dos platos; uno para ir a 10km/h y el otro para 20km/h. En descenso más rápido, ahora que llevo el viento a favor, no me hace falta dar pedales y hasta le viene bien a mi culo.


Hasta Capafonts no tengo que dar ni una pedalada. Es más, tengo que andar frenando porque el viento y la pendiente negativa me llevan en volandas.


Y sale el sol. El día cambio por completo, suavizándose mucho más la temperatura. Tenía el atajo de La Riba aquí mismo pero decido seguir hacia Alcover.


Sigo sin necesitar el cambio de cable y me pongo vago. No me apetece parar a arreglarlo. Además, como he decidido que esta es la última etapa del viaje, ya lo cambiaré en casa con más tranquilidad.


Podría haber ido muchísimo más rápido en esta última veintena de kilómetros pero no tengo ninguna prisa. La cosa se ha reducido a tres opciones: no dar pedales, plato grande y plato pequeño, aunque llego al alto de Mont-ral empujado por el viento y sin necesitarlo.


El descenso a Alcover es rapidísimo. Cada vez sopla aire con más fuerza y empiezo a ver claro que me va a tocar sufrir en los últimos kilómetros, en cuanto haga el giro de Valls con dirección a Montblanc.


La recta de Alcover a Valls la hago sin poder dar pedales. El viento favorable me sigue ayudando pero empiezo a tener mucho dolor en el culo. Los kilómetros empiezan a hacer mella.


Y llega el gran momento. El giro de Valls hacia Montblanc me sitúa con el vendaval de cara. Me quedan menos de veinte kilómetros para terminar la jornada, con el modesto puerto de Lilla por medio, pero me temo que la velocidad sea como la de la Cueña les Cabres.


No puedo con mi alma. El aire lo llevo muy mal. Aparece un ciclista en una rotonda y dejo de verlo enseguida. La fuerza que tengo que hacer para mover un puñetero 34x30 en un 5% me desmoraliza.


Decido tomármelo con toda la calma del mundo y voy haciendo paradas sobre el quitamiedos para descansar el culo porque ya no sé cómo sentarme. Si no fuera por el viento, se estaría de cine bajo el sol.


Aprovecho un mirador para disfrutar de las vistas, que llegan hasta la costa. Hay un restaurante junto a él y huele a asado que marea, así que me pongo en marcha porque me acaba de dar hambre de repente.


Corono este coll de Lilla con la ventana abierta de par en par, tanto que empiezo a bajar y tengo que dar pedales porque no avanzo.


Los tres kilómetros llanos que me separan de la base del puerto a Montblanc son una auténtica penuria, avanzando con el dichoso 34x30 por una nacional, a 9km/h por el llano y apretando el manillar para que la bici no se vuele.


Llego a Montblanc con el culo en sangre viva, con unas ganas tremendas de asearme y cambiarme de ropa. Creo que algo no ha ido bien estos días porque tampoco es normal. Llevo tiempo sin coger la bici pero me parece más culpa del sillín o del atuendo invernal, tal vez inapropiado para estos lares. No importa, ya pasó y me voy a Zaragoza. Aprovecharé que queda camino de casa para correr mañana por allí.

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