Liechtenstein: un país en media tarde

Son las cinco de la tarde cuando aterrizo en Liechtenstein. Al ver a lo lejos la capital, Vaduz, me llevo un sorpresón del copón. Junto con Schaan, es una urbe que se encuentra en un valle como un plato llano, en una de las orillas del río Rhin, que hace de frontera natural con Suiza. Me imaginaba un país inaccesible, rodeado de montañas, con castillos y princesas de larga melena trenzada brotando de sus torreones, pero no, solo es una explanada adosada a una montaña que la separa de Austria. Y esa montaña es por la que tengo que subir para llegar a Malbun, un poblado escondido en un valle interior, de difícil acceso si no fuera por un túnel que lo permite.



La subida hasta Malbun tiene más de trece kilómetros, salvando un desnivel por encima de los 1.100 metros. Llevo bastante acumulado y empiezo a dar pedales sin mucho punch.


No hay respiro en las pendientes. Durante ocho kilómetros se anda siempre entre un 8-10%. El valle del Rhin queda a los pies mientras disfruto de una buena carretera y de un verde espléndido.


Hay tráfico pero muy comedido, nada molesto. Los autobuses han cambiado de color, pasando del amarillo suizo a un verde lima muy bonito que se integra perfectamente en el paisaje.


A media subida, atravieso la localidad de Triesenberg. Todo apunta a que por aquí se maneja parné, como no podía ser de otra manera al tratarse de otro paraíso fiscal en pleno centro de Europa.


Hace calor y no voy fino. Un kilómetro anterior a la llegada del túnel de Steg alcanza el 11% de media y me deja tocado. Me encuentro una coqueta área de merenderos, a modo de mirador, y aprovecho para meterme una barrita y rellenar el bidón con agua fresca.


La carretera concluye en un túnel con semáforo de paso alterno. Me espero junto a dos coches hasta que cambia de color y, al entrar dentro, me quedo helado porque hace un frío brutal, contrastando con el calor exterior.


Salgo por el lado de Steg tiritando y con moquillo. Llevo los manguitos en el bolsillo del chaleco para la bajada y me los tengo que poner para terminar la subida.


El paso por el túnel me muestra otro mundo. Steg parece un poblado minero del oeste, de esos de buscadores de oro, con sus cabañas de madera.


Tras dos kilómetros más suaves al 6%, me quedan tres más casi al 10% de media que, después de haberme quedado helado en el paso subterráneo, se me hacen interminables.


El último kilómetro es una recta tremenda que parece no acabar nunca. Hay una pasarela con letrero de bienvenida que parece ser el final pero no, todavía queda un buen trecho con la misma pendiente.


Llego a Malbun muy fatigado. Se trata de una especie de complejo hotelero para el esquí y, en verano, es tan triste como todas las estaciones de montaña. Hay dos o tres restaurantes abiertos con gente en las terrazas pero poca cosa más.


La carretera desaparece poco a poco, dando paso a una pista asfaltada que parece que sigue subiendo, ofreciendo acceso a las cabañas, hasta que me canso y decido dar la vuelta. Veo a algún que otro senderista bajando y a bastantes turistas tirando de cámara de fotos.


En un momento, noto un fuerte bajón de la temperatura y me abrocho todo para la bajada. El paso por el túnel es más rápido y no me congelo como al subir. Al salir al valle del Rhin, el ambiente es muy diferente al que había hace una hora. Está entrando lluvia desde las montañas suizas y la cortina de agua es tremenda.


No me queda otra que darme prisa, a modo de contrarreloj, si no quiero pillar una buena chupa. Hago la bajada a todo tren, aprovechando la hermosa carretera. Pero hay un momento en el que me tengo que detener porque el rayo de luz que entra por el perfil de la montaña de enfrente es espectacular.


Parece el ojo de Sauron apuntando a Minas Tirith. Solo faltan los ejércitos de orcos camino de la capital de Gondor. Durante un buen rato me quedo embobado.


Llego al coche y me cambio. Al salir de Liechtenstein me encuentro con un policía en la entrada de cada calle, preguntando hacia dónde voy. Como les digo que hacia Buchs, ya fuera del Principado, me van dando paso. Cruzo el río y entro en Suiza, momento en el que se pone a llover torrencialmente. Solamente son seis kilómetros antes de aparcar en la base del Buchs-Malbun, la primera subida que haré mañana.

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